La foto del día (6/12/2016)


Una señora contempla absorta la sonrisa artificial de unos señores. Como para disfrazar la artificialidad, todos ellos parecen saludar a la nada sin agitar demasiado el brazo (este Cortefiel no se paga solo [o sí, pero no ha de parecerlo]). Las bocas trazan siluetas que pretenden pasar por sonrisas, gesto que recuerda a un pase de cine matinal, funesto y necesario. El paisaje parece idílico, una especie de montaña quijotesca adonde acude la pastora Marcela para satisfacer nuestras pasiones bucólicas. Y digo “parece” en lugar de “es” (verbos copulativos, matices) porque el idilio con la naturaleza se difumina bajo los zapatos de gamuza que calzan los protagonistas. 

Los brazos levantados, todos derechos excepto uno, exhiben una suave tristeza, como si aquello no fuese con ellos. No ocurre lo mismo con los brazos de la mujer, que dibujan una figura férrea sobre el azul pupila becqueriana de su traje. Y digo que no ocurre lo mismo porque esa férrea figura parece lo único natural entre tanto artificio. De hecho, el verbo “parecer” del último enunciado (o sinónimos) se pasea por el texto varias veces, tal es la relación entre la “apariencia” y la “naturaleza de la foto”. Cuando los fotógrafos se hubieron marchado, dicen, ella seguía allí.

El verbo galdosiano

​Cuando me hablan de narración, de la “palabra justa”, que diría Flaubert, me viene como un relámpago a la mente ese hombre que una vez fue llamado, por las envidias más ruines y fútiles, el Garbancero. Exacto, don Benito Pérez Galdós, creador de magnánimas e imperecederas obras, trasunto de la novela que una vez fue novela y que hoy no lo es, acompañante de un grupo que hizo de la prosa un género literario de prestigio cuando no era más que un felpudo adonde acudían muy de vez en cuando para limpiarse las botas aquellos que caminaban por la poesía y el teatro sin encontrar nobleza en otros senderos.

 
Lo sé, no hemos venido hasta este párrafo pantanoso y estomagante para loar la obra del genial canario, sino a calentarnos alrededor del estilo narrativo que dejó para siempre ardiendo en el Olimpo literario de nuestras letras. Notará el lector que hay un cierto deje ficticio en lo hasta ahora redactado, pero es que uno lee con avidez, por ejemplo, esa novela corta pero eterna titulada Marianela y se percata de cuánto ha hecho el hombre del siglo XX y XXI por olvidar los términos que no por poco utilizados dejan de ser precisos, los sujetos que aparecen cuando menos te lo esperas adornando una frase innoble, los predicados que amenazan con no acabar nunca para regocijo de los leyentes, los tiempos verbales que se alejan del simple presente y del clásico pasado imperfecto para adentrarse en el mundo casi inexplorado de, por decir algo sin pensar demasiado, los pretéritos anteriores y los subjuntivos pluscuamperfectos.

Hay en el lenguaje literario de hoy una estúpida tendencia no sólo de simplificarse a sí mismo sino además de ridiculizar a aquellos que, como don Benito, rizaron el rizo de la sintaxis, explotaron la mina del enriquecido léxico español, jugaron con la morfología hasta encadenar innumerables palabras a medio camino entre la invención y la horterez, abusaron de la retórica hasta casi embarazarla, le dieron importancia a la fonología cuando no había sitio para ella en el mundo escrito, voltearon la semántica para sacar de ella hasta el último significado de los allí escondidos… Esta frase que precede a los puntos suspensivos, sin ir más lejos, es la más larga oración que vieron los capítulos pasados, los presentes, ni esperan ver los venideros, porque el hombre que suscribe este texto gusta de enfangar algo las tendencias pero no de ciscarse en ellas como un humilde cuino.

Mañana volveremos al estilo límpido y crédulo de párrafos precedentes, pero quedará en nosotros el recuerdo de un hombre al que no le preocupó lo más mínimo que algunos lo llamaran Garbancero, que otros acusaran a su obra de desprender un olor a cocido poco recomendable, que los menos se mofaran de escaso vanguardismo en su currículum. Es el hombre que memorizó párrafos enteros del Quijote para, gracias a la pluma de Cervantes, otro enrevesado pero siempre magnífico narrador, hacer de aquellos polvos unos lodos literarios que bien merecerieron un Nobel pero que hubieron de conformarse con formar, simplemente, el corpus del mejor prosista de la historia de las letras castellanas (sé que algún día sabrá perdonármelo, don Miguel).

Cuentan, por ponerle un fin comercial a este texto, que un Galdós ya marchito y crepuscular fue llevado al Retiro sobre una escuálida silla de ruedas, ciego como el personaje de Marianela que tiende a imaginarse las cosas con la belleza que nunca tuvieron, aclamado como el político honrado que sí había sido, para inaugurar una estatua que el pueblo de Madrid había levantado, orgulloso y fatuo, en su honor. Allí estaba él, un anciano decrépito al que nada podía sorprender ya, ni siquiera una vanidosa declaración de amor de manos del municipio que lo había encumbrado. Cuentan, también, que lo levantaron en volandas para que, entre clamores, pudiera palpar con su mano mustia el rostro del hombre que había dignificado como nadie la lengua castellana. Al reconocer sus facciones, lloró desconsoladamente.

Uno de los hermanos Álvarez Quintero puso un enrevesado fin a tan enrevesado acto, a tan enrevesada vida y a tan enrevesado artículo:

“Robustos pinos seculares sirven de inmediato dosel al trono del escritor, ante el vasto fondo de árboles diversos con que lo ampara la naturaleza”.

Pues eso.

Nemo

​Recuerdo muy bien la primera vez que la literatura traspasó el papel. Hasta entonces, no había pasado de un simple camino asfaltado, una especie de inercia provocada por una personalidad solitaria. Por utilizar un símil quijotesco, los libros corrían por mi estantería como las novelas de caballería por la fogata. Aquí, el cura y el barbero se fundían metafóricamente en una educación humilde, que no me proporcionaba grandes clásicos pero que sí me permitía crecer con libros juveniles y otros soportes poco canónicos pero siempre maravillosos. Estas colecciones sirvieron de puente entre mis primeras experiencias sobre párrafo y ese otro mundo de cuya puerta de entrada trata este texto.
Decíamos que, tras una existencia lectora bastante monótona, de pronto la literatura traspasó el papel. Además, ocurrió sin demasiado dramatismo. Como decía Carpentier, lo mejor de aquel trascendental episodio fue que la sorpresa llegó asociada a un momento cotidiano, con total naturalidad. Quizás el lector que esté ahora repasando estas líneas lo haya sentido alguna vez: de pronto comprendí que mi cara se estaba transformando. Comenzó a aparecer una barba poco poblada sobre mis pómulos y una extraña mirada triste sobre mi ánimo. No tenía dudas: era el rostro que siempre imaginé para el capitán Nemo.

¿Por qué ocurría esto? No podía saberlo. Quizás no fuese Nemo, quizás sólo formara parte de un proceso de metamorfosis asociado al sufrido por mi propia personalidad. Esto parece tema baladí, pero no lo es, ya que la personalidad que se labra durante la propia adolescencia es capaz de marcar incluso la última palabra de este texto. O quizás tuviera que ver con el hecho de que Nemo representara algunas de las metas que yo perseguía en mi vida y que, por supuesto, nunca terminé alcanzando, como son la valentía, el liderazgo o una notable habilidad para la mecánica. O puede que simplemente Nemo contara con algunas cualidades que, éstas sí, por pereza, yo ya reconocía en mí, como una tendencia a sentirme atraído hacia ciertos lugares muy mal iluminados o una fotofobia exagerada.

Esto no pasaría de una simple paranoia adolescente si no fuera porque la plaga se fue extendiendo entre algunos conocidos como si de un paraje bíblico se tratara. Aquí es donde se producía la verdadera extrañeza del asunto: siendo, a priori, tan parecidos entre nosotros, los personajes que habían traspasado la literatura para colocarse junto a nosotros eran increíblemente distintos entre sí.

Por ejemplo, a mi mejor amigo también le estaba mudando el rostro, cuajando en él unos rasgos que más tarde reconocí como petrarquistas (esto es, nariz achatada, cara pan y cejijunto). Él me hablaba de una tendencia a convertirse en Romeo, un personaje, por aquel entonces, absolutamente desconocido para mí. Según decía, la transformación colmaba sus deseos amatorios y, para más inri, le proporcionaba el apellido nobiliario que siempre había querido ostentar. Por otro lado, mi hermana se parecía cada vez más a la Karénina de Tolstói, había cerrado sus curvas y endulzado el rostro. Según ella, el motivo por el que este personaje se había alojado en su físico tenía que ver con el oscuro deseo de levantar pasiones entre la clase aristocrática.

Los que rondamos aquella generación fuimos cayendo en el sortilegio sin excepción. Mi vecino se había convertido en Fitzwilliam Darcy, argumentando que a él le daban igual el orgullo y el prejuicio pero que nadie podría ya arrebatarle su finca en Derbyshire. Mi compañera de pupitre, en cambio, había intercambiado su antiguo rictus alegre por una melancolía muy de doña Elvira, una de esas hijas del Cid retratada en el famoso Cantar. Y así sucesivamente.

Todas aquellas evoluciones tenían algo en común: marcábamos a fuego nuestros idealismos (y, ahora que doy parte del fenómeno, parecería también que todos pretendíamos ascender hacia la deseada clase noble). Por supuesto, nunca cumplimos con las expectativas. Ni nos convertimos en aristócratas, ni alcanzamos el carisma de aquellos personajes, ni el parecido físico duró para siempre (si es que existió alguna vez), ni, por supuesto, nos recuperamos de aquel desengaño.

Muchos años después me topé con el supuesto Romeo. Ni había Julieta ni se la esperaba. Había dejado de ser mi mejor amigo (quizás había dejado de ser cualquier amigo). Fue así cuando comprendí que uno nunca acierta a la hora de ponerse metas… o quizás sí.

Al marcharse, el falso Romeo me confirmó lo que yo ya sospechaba: Nemo, en latín, se traduce por “nadie”.

Tiempo

Corrían tiempos recios cuando llegué a Madrid para estudiar en la Facultad. Nadie sabe lo que le espera al lanzarse de cabeza a la madurez, lo que convierte el salto en algo aún más atractivo. A mí, sin buscarlos, me sobrevinieron dos acontecimientos que marcaron a fuego mis primeros años universitarios.

El primero: me había aficionado hasta llegar a la obsesión con las novelas que tuvieran como argumento principal el tiempo. Así, leía como un loco esas novelas de Julio Verne que, a pesar de haber sido escritas en el XIX, nos seguían trasladando a un futuro muy lejano. También me gustaba Huxley y su sociedad carente de cultura, religión y ciencia. Cuando me enteré de que un tal Orwell había sido alumno suyo, me lancé a 1984. Hasta compré ‘Cinco horas con Mario’ sólo porque en el título aparecía la palabra “horas”. Todo valía con tal de jugar con el tiempo.

El segundo: me enamoré de una chica rubia que, por avatares del azar, quiso corresponderme. Respondía al nombre de Olvido, que a mí me parecía maravilloso por su inseparable relación con el tiempo. Era una chica diferente, que me recordaba a Rebeca, el personaje de ‘100 años de soledad’ que trae consigo una extraña enfermedad que consiste en dejar a todo Macondo sin memoria.

A su lado me inicié en el noble arte nocturno madrileño, en los quehaceres filológicos y en otros tantos terrenos que no vale la pena recordar. A cambio, yo le regalaba curiosidades:

-¿Sabes que el humano percibe la realidad con 80 milisegundos de retraso y que, por tanto, vivimos en el pasado?

Ella me miraba como se mira a un loco. Pero a mí no me importaba ya que estaba muy enamorado de ella. Tanto lo estaba, que decidí pedirle que se mudara conmigo y así vivir en mi estudio cutre sito en la calle, prometo que no es broma, Volver a Empezar. Pero ella me contestó con un:

-Dale tiempo al tiempo.

Aquella idea de que el tiempo se abrazara con el tiempo me parecía tan genial que ni siquiera me molestó la negativa. Así que la vida universitaria siguió sin demasiados alicientes que llevarse a la boca. Era como si, de pronto, el segundero se hubiera detenido. Decidió hacerlo estallar la propia Olvido cuando, una noche de otoño, me sugirió que practicara el ejercicio que le dio nombre a ella con una frase que helaría la sangre de cualquiera:

-Necesito un tiempo.

Ella, que tanto había ignorado mis asuntos temporales, ahora exigía para sí aquel preciado tesoro. Ni ella dejó de necesitarlo, ni yo se lo quise prestar más. Así que la relación se rompió allí donde yo ponía mi vista con más ahinco: el futuro.

Pasaron innumerables vidas, y el futuro llegó hasta nosotros más rápido de lo esperado.

Olvido se había marchado presencialmente, pero seguía estando cada día presente (hermosa palabra) en mi subconsciente. Algunos amigos me animaban a superarlo, pero me veía incapaz.

La escena ocurrió en Leganés, en concreto en la estación de Metro de (¿adivinan?) Casa del Reloj. Olvido y yo compartíamos andén, aunque todo hacía indicar que ella no se había percatado de que su novio de la juventud la observaba arriba abajo.

Pensé en decirle las mil y una cosas que había ensayado durante todos aquellos años. Pero, ¿saben qué ocurrió? Ni siquiera abrí la boca. No puedo enteder cómo, pero aquella mujer ya no era la Rebeca de Macondo. O al menos yo, por desgracia, ya no la veía así.

Dejé pasar el siguiente tren.

En un de los cartelones podía leerse: próximo tren, en 12 minutos.

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Una triste columna

Cuando era niño vivía en un barrio en el que sólo podías encontrarte con dos tipos de personas: los que eran del Atleti y los que iban a serlo. Este dato no aportaría nada relevante a la narración si no fuera porque, debido a la afición de mi padre por el Madrid, cada fin de semana no recluíamos junto a ocho o diez vecinos más en un escondido bar a cinco minutos de casa. Era una operación clandestina, una especie de película de acción que comenzaba cuando escondíamos nuestras camisetas bajo el abrigo y terminaba cuando llegábamos sanos y salvos a casa.

Centrémonos en los verdaderamente importante. El bar contaría con unas dimensiones de, aproximadamente, cinco metros de largo por dos de ancho. El dueño le había puesto un nombre al negocio que no coincidía con el suyo, nadie entendió nunca por qué. Don Martín él, Lorenzo el bar. El ambiente que allí se respiraba era magnífico. Apenas levantaba yo un metro y poco del suelo, pero a mi alrededor flotaban esos tipos mayores, apurando sus botellines y gritando con cada gol.

De aquella época hay una imagen que quedó grabada en mi memoria para siempre. Sí, hemos gastado casi la mitad de esta triste columna en la introducción, pero era necesario colocar al lector en ese ambiente subrepticio que nos envolvía, como de novela stephenkingesca. Volvamos a la imagen que se quedó grabada y, por ende, al nudo de la narración (que, desafiando la estructura narrativa clásica, dura apenas dos o tres frases).

En el baño había una pequeña ventana cuadrada que, probablemente, comunicaba con alguna suerte de patio interior. Como ya se ha dicho, yo apenas levantaba un metro y poco del suelo, así que no podía alcanzar a ver qué demonios había al otro lado del ventanuco. En función de la (escasa) luz que entrara, imaginaba una cosa u otra. Lo mismo un fraile con su borrico que un niño en una fábrica de chocolate.

Vayamos con el desenlace que, dada la escasa profundidad del nudo, no parece que pueda traer grandes sorpresas. Mi padre, cansado de ejercer su madridismo en la sombra, abandonó el barrio. Dejamos aquel tugurio atrás. Pero esta vez se produjo un hecho que no por insólito deja de ser relevante: yo olvidé casi todo lo que allí había vivido excepto aquel pequeño ventanuco de dos palmos. Lo seguía recordando cada noche, y por allí seguían pasando toda clase de seres. Lo mismo un monstruo lovecraftiano que un tiroteo entre mafiosos. Lo mismo un personaje marginal galdosiano que un hobbit de pies peludos.

Transcurrió tanto tiempo que nosotros, los de entonces, no sólo no éramos los mismo sino que ya no éramos casi nada. Curiosamente, semanas atrás volví al barrio. El asunto no tenía nada de romántico. Como soy un desastre con el programa padre, contraté a un asesor que se encargara de utilizar ese demonio parido por Hacienda. Fue rápido e indoloro, así que acabada la faena callejeé en busca aquel tesoro de mi infancia. Allí estaba: ni una sola reforma, era él.

Entré en el bar y ahora dirigía la barra un chaval joven, quizá su hijo. Me achuché dos botellines casi de un trago (el calor arreciaba, siempre soy de los últimos en cumplir con el fisco). Al tercero, llegó el momento cumbre: el baño tampoco había sido reformado. Allí estaba la ventana, quizás algo más pequeña por una simple cuestión de perspectiva. Hubiera bastado con estirar un poco el cuello, con colocarme de puntillas y otear. Pero ¿saben cuál es el desenlace de esta triste columna? Simplemente, no lo hice.

Volví a la barra y allí estaba el supuesto hijo.

-¿Qué tal está don Martín?- pregunté, interesado por el abanderado de la resistencia.

-Le pegó un viaje al corazón hace ya unos años. No resistió el gol de Zidane en Glasgow.

Liquidé el botellín de un trago, hice lo propio con mis deudas y me marché.

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De cuyo nombre sigo sin querer acordarme

Yo soy uno de esos niños que no recuerda prácticamente nada de su niñez. Es más, ahora que la vida va en serio, siento envidia cuando mis amigos son capaces de rememorar cómo coleccionaban cromos del Unión Deportiva Salamanca o cómo le enviaban cartas al ídolo que aparecía en la Superpop. Sin embargo, mi primer recuerdo es mucho más pedestre. Tiene que ver con las matemáticas y con la manera en la que el profesor nos hacía memorizar “el coseno de 90”. No sé si se sigue escribiendo así, pero sí sé que para mí fue un infierno. Aquel coseno me mortificó de tal manera que consiguió que, al entrar en el instituto, eligiera Letras puras como rama académica.

Aquí me encuentro con mi segunda encrucijada. Yo, tan contento con mi elección, entro a clase aquel primer día de un septiembre ya olvidado y recibo la desagradable noticia: “Tienes que leer obligatoriamente el Quijote”. Más tarde me enamoré de aquella rama de Letras, me aprendí de memoria el Conde Lucanor y los textos de Mesonero Romanos, pero nunca pude olvidar aquella desagradable experiencia. Me marcó de tal manera que la utilicé como una de las partes de mi respuesta favorita: “Entré en Letras gracias al coseno y odio el Quijote por obligación”.

Pero una mañana, en la Facultad, al recurrir a esta frase cansina, una chica me cortó:

-Es imposible que te hayan obligado a saber el coseno de 90. La trigonometría es temario de instituto, y tú ahí ya ibas por Letras.

Entonces lo comprendí: nunca me habían obligado a leer el Quijote, como nunca me habían obligado a saber el coseno de 90.

Decidí darle una oportunidad y aquel primer capítulo me impactó. Ahí estaban los enigmas. Cualquiera hubiera matado por conocer el lugar de cuyo nombre no quería acordarse el narrador. Cualquiera hubiera matado por conocer el verdadero nombre del protagonista, que en el primer capítulo sólo es sugerido (“Quieren decir que tenía el sobrenombre de Quijada o Quesada […] aunque por conjeturas verosímiles se deja entender que se llama Quijana”). Cualquiera menos esta cultura hispánica, que soporta estoicamente unas ridículas gafas quevedianas sobre el león del Congreso mientras recibe la carta de un ministro inglés argumentando por qué Shakespeare es la espada del anglófono. Cualquiera menos esta cultura que ha inventado una excusa para no descifrar el enigma.

No os engañéis, nunca nos obligaron a leer el Quijote. Ese profesor de Lengua con las gafas apoyadas en el filo de la nariz no existe.

Eso sí, mañana seguiremos sin querer conocer el lugar de cuyo nombre no quiso acordarse Cervantes.

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VIRGINIA WOOLF, UN SUICIDIO MELANCÓLICO

Los bolsillos del abrigo de la pequeña Virginia Woolf ya pesaban demasiado desde que su madre se marchó sin despedirse un mayo cualquiera. Allí, a finales del XIX, se inicia una cadena depresiva de cuyo último eslabón se cumplen hoy 75 años. Virginia había decidido acompañar a su madre, pero atrás quedó su obra, magnífica, y el reflejo de una mujer luchadora, capaz de tirar las puertas que el destino se había empeñado en cerrarle.

Tiró abajo la puerta de un recinto literario que no aceptaba a la mujer sin protesta y escándalo, eligiendo para ello ese elegante círculo llamado Bloomsbury; tiró también la puerta del idioma anglosajón, un código muy poco propenso al cambio, renovándolo y enriqueciéndolo; derribó, incluso, la puerta de la sociedad británica, imponiendo su doctrina en asuntos tan hondos como el feminismo o el antisemitismo.

Siglo y medio después, con la comodidad que nos brinda el hecho de haber encontrado parte de ese mundo sin puertas, toca ser consciente de la verdadera trascendencia de Virginia. Pagó de un precio muy alto, sí. Porque el peso del abrigo ya era insoportable el día que Virginia derribó la última puerta: había entrado en el olimpo de la literatura británica para siempre.

LA JUVENTUD Y LA DEPRESIÓN

Ya hemos dicho que la muerte de su madre supone el primer revés para aquella Virginia que todavía no era Woolf. Sin embargo, ya demostraba que de aquella bipolaridad habrían de salir algunos de los párrafos más sublimes de principios de siglo XX. Para entonces ya había tenido tiempo de observar desde la barrera cómo la crema de la intelectualidad victoriana se paseaba por los salones de su casa en Kensington.

Todavía quedaban algunas cicatrices por ocultar antes de refugiarse en su creación literaria. En apenas diez años, Virginia pierde, además de a su madre, a su hermana y a su padre. Es en este punto cuando la idea del suicidio empieza a rondar por su privilegiada cabeza.

En 1904, la depresión ya había cogido la suficiente carrerilla como para arrojar el cuerpo de Virginia por la ventana de su casa en Londres. Salió indemne de aquel episodio, pero los médicos decidieron colgar de su extrañeza una etiqueta de la que ya nunca podría desprenderse. En ella podía leerse claramente su condición de enferma (aún no se había oído hablar del trastorno bipolar). Virginia, tan poco dada a aceptar etiquetas, quiso zanjar el asunto con unos cuantos gramos de Veronal. Este nuevo intento de suicidio tampoco podía evitar que aceptara el papel que se le había asignado dentro del panorama cultural británico.

El libro había acompañado a Virginia durante toda su vida, ejerciendo el papel de cómplice dentro de su atormentada cabeza. En aquella extensa biblioteca heredada de su padre, Virginia jugaba a ser feliz leyendo a La Fayette y a los clásicos ingleses, incluyendo a su queridísimo Shakespeare. Cuando su existencia empezaba a inclinarse, decidió que había llegado la hora de sacar lo que con tanto mimo había cuidado entre aquellas estanterías paternas. Pronto comprendió que habría de pagar un peaje por todo lo que la vida le había quitado. Para pagarlo, eligió imitar a todos aquellos genios que le habían acompañado durante años.

Por si fuera poco, su hermano Adrian le brindó la última llave que necesitaba para abrirse paso dentro de aquella nublada existencia. Se mudó al barrio de Bloomsbury junto a su hermana Vanessa y al propio Adrián, en lo que sería el germen de un movimiento filosófico y literario que abarcaría todo el período de entreguerras europeo. A su alrededor empiezan a pulular personajes como Bertrand Russell, más tarde ganador del Nobel de Literatura, Ludwig Wittgenstein o Leonard Woolf, con el que más tarde contraerá matrimonio.

Ahora Virginia contaba con armas suficientes.

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OBRA Y FEMINISMO

Sus primeros textos aparecen en el suplemento literario de The Times. Por allí también desfilan T. S. Eliot o Henry James, entre otros. Su relación con la crítica no será fácil (aún hoy sigue sin serlo), por eso sus primeras obras apenas hacen ruido. Sin embargo, ya se aprecian en aquellos textos el influjo renovador de la pluma de Virginia. En una época en la que el género novela sufre un lavado de cara general, con Joyce o Proust como estandartes, Woolf empieza a destacar por su narrativa poética, su innovación lingüística y su capacidad para jugar con el tiempo y el espacio.

Su primer éxito llega con “La señora Dalloway”, cuando relata las peripecias de Clarissa Dalloway durante un día. No sólo en el tiempo de la novela se asemeja al Ulises. Como en “Al Faro”, los pensamientos se suceden sin hilo que los conduzca. Pero, sin lugar a dudas, su mejor novela es “Las olas”, donde seis personajes reflexionan alrededor de ciertas teorías filosóficas. La novedad aquí se basa en el estilo narrativo. Woolf ya no utiliza el soliloquio, tan de moda en la época, sino que se decanta por una especie de plegaria, como si el personaje recitara lo que le viene a la mente. Aquí encontramos la mejor cualidad de Virginia Woolf: esa capacidad para moverse con habilidad por un mundo imaginario entre la narrativa y la poesía. Tampoco debemos olvidarnos de sus cuentos y sus ensayos, justamente ponderados cuando la moda Woolf resurgió allá por la década de los setenta.

Pero, a veces, sus párrafos traspasan el mero interés literario. Virginia expuso algunas teorías feministas que servirían para marcar el camino de un movimiento social que se fortalecería años después. Estas teorías alcanzan su punto más alto en “Una habitación propia”, un ensayo que trata el tema de la mujer en la novela, defendiendo las capacidades de ésta a lo largo de la historia.

Ningún humano debería limitar su visión; si nos enfrentamos con el hecho, porque es un hecho, de que no tenemos ningún brazo al que aferrarnos, sino que estamos solas“.

Otro alegato feminista de notable calidad es “Tres guineas”. En 1935, Virginia recibió una carta en la que alguien le pedía que explicara por qué se posicionaba en contra de la guerra. La misiva le golpeó de tal manera que tardó tres años en contestar. Pero la respuesta muestra una profundidad tal que terminó editándose y convirtiéndose en este libro, un análisis de los papeles que el hombre y la mujer juegan en el terreno bélico. Para Virginia, la mujer puede evitar el conflicto si se le da la importancia que merece dentro de la cultura y la enseñanza de un país.

Hoy, esta postura parece fácil de adoptar, pero a Virginia le costó una cierta tirantez con crítica y público. Poco le importaba. Su entereza estaba por encima del éxito parcial.

LOS ÚLTIMOS DÍAS

Con las defensas contra la enfermedad destruídas, con un par de recientes fracasos literarios sobre sus hombros y con la Luftwaffe bombardeando media Europa, el tiempo de Virginia Woolf parece agotarse. Su epitafio ya está escrito, lo ha sacado de “Las olas”, una de sus obras maestras (“Contra ti me alzaré invicta e implacable, oh muerte”).

Unos días antes ya habían encontrado a Virginia empapada, probablemente al haber fracasado en su penúltimo intento de suicidio. Para entonces, ya confundía la realidad con la ficción sin elegir el lado amable de ambos planos. Aquella mañana del 28 de marzo de 1941, fría pero soleada, Virginia Woolf escribió dos cartas.

Una era para su hermana Vanessa.

No puedes imaginarte lo mucho que me ha gustado tu carta, pero siento que he ido demasiado lejos en esta ocasión para que pueda volver. Es lo mismo que la primera vez: todo el tiempo oigo voces, y sé que no puedo superar esto ahora. […] He luchado contra esto, pero ya no puedo más. Virginia.

La otra, para su marido Leonard Woolf.

Estoy segura de que me vuelvo loca de nuevo. Creo que no puedo pasar por otra de esas espantosas temporadas. […] No puedo luchar más. Sé que estoy destrozando tu vida, que sin mí podrías trabajar. Y sé que lo harás. Verás que ni siquiera puedo escribir esto adecuadamente. […] No creo que dos personas pudieran haber sido más felices de lo que lo hemos sido nosotros. V.

Recorrió el camino que separaba su casa del río apoyada en su bastón, sintiendo el peso de las piedras en su abrigo. Era el mismo peso que llevaba 46 años amenazando su estabilidad. Le plantó cara al río Ouse pero el miedo y la desesperación terminaron por hundir su cuerpo en las profundidades de la enfermedad.

Unos críos encontraron el cadáver de Virginia flotando junto a la orilla del río.

Atrás quedaba una obra extensa y majestuosa, un digno recorrido a través de los dogmas del siglo XX y un nombre que quedará grabado para siempre como sinónimo de fuerza literaria y espiritual.

Virginia sabía que el precio que habría de pagar por derribar aquellos muros resultaría caro. Ella lo había definido mejor que nadie:

“No hay barrera, cerradura, ni cerrojo que puedas imponer a la libertad de mi mente”.

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Reflexiones quijotescas y tristes

El día que me inventé a Dulcinea fue, sin duda, el mejor día de mi vida. Podremos discutir ahora si es conveniente o no para seguir la dieta de salud mental que me han recetado. Pero sepan que cuento con una defensa tan amplia como estoica. Diremos: “Dante también se inventó a Beatriz”, y nos quedaremos tan anchos. Escribiremos libros, contaremos historias al raso, beberemos licor de manzana. Ustedes se reirán, es lógico. Pero deben saber que no es fácil vivir siempre mañana, como la hormiga que asesinó a la cigarra porque ésta entorpecía su trabajo. Fue justo en ese momento: la chicharra nos prestó su último estertor y la asesina, lejos de su colonia, se nos hizo mayor. Por tanto, crecer es vivir mañana y enamorarse es ver cómo Beatriz se destruye la vida esnifando quién sabe qué. Pobre Dante. Él no podía imaginar que la humanidad giraba hacia Bocaccio, fornicando como decamerones sin alma. La gente no busca divinas comedias porque no quiere ni oír hablar del infierno, un sabio como él debió intuirlo. Llámalo Decamerón o Cincuenta Sombras de no sé qué, poco importa. Cuando alguien mira dentro quiere ver a otro porque para verse a sí mismo ya tiene bastante con las esquelas de los periódicos. Hubo un tipo que se inventó un poema para honrar a su padre pero no sabía que las coplas iban dedicadas, primero, al propio autor y luego a la generación de hoy, muerta antes de haber sido generada. Y, cuando echan la vista atrás, sólo ven a Dante y a Bocaccio y a Petrarca y al tío de las coplas… tienen que echar la vista adelante, asustados, porque Beatrices hay muchas pero Beatriz sólo una. Yo tardé en contemplar a Dulcinea porque tardé en comprender que las sábanas están ahí para ser ensuciadas. Por todo esto perecieron los autores medievales más célebres. Por todo esto pereceremos todos. Creo que hay tormenta fuera, y por las llanuras de La Mancha ya no dejan transitar a los gigantes como a estos les hubiera gustado. “Hay que llevar un control”, les dijeron. Y estos, apesadumbrados, vivieron ayer (que es todavía peor que vivir mañana). ¿Es que acaso no entendemos que para ser molino hay que ser libre? ¿Es que acaso no comprendemos que lo peor es un molino que quiere pero no puede creerse gigante? ¿Qué haremos cuando se extingan? Alguien tiene que salir ahí afuera y explicarle a la gente que hoy, mañana y pasado no son objetos temporales porque “tiempo”, según la RAE, implica “duración”. Por todo esto, la gente vive mañana. Por todo esto, el día que me inventé a Dulcinea fue, sin duda, el mejor día de mi vida.

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RESACOSO ADÁN

El día que estuvimos a punto de morir fue el mejor día de nuestras vidas. ¿Habría valido la pena pasar por esto sin el recuerdo de aquel mordisco?

Han pasado más de cien vidas desde entonces. Casi un millón de fracasos. Yo, Adán, tan polvo de arcilla, tan moldeable. Aquí me tienes, escuchando discos de Dire Straits y comiendo tomate verde, como un gilipollas que todavía te quiere después de tanto tiempo. Parirás a tus hijos con dolor, dijo aquel tipo. Lo que él no sabía entonces es que la vida es sórdida de entrada, como decía Michi Panero, casi tan jodida como la que nos obligó a creer que vivíamos. No, Eva. No es “por culpa de” sino “gracias a” que hemos llegado hasta aquí. Y sólo tú sabes que hubieras saboreado catorce veces más esa fruta. Porque mañana, cuando ya no queden lágrimas que justifiquen lo sufrido, te quedará el pecado como única razón. Y hemos criado un hijo que es un canalla, otro que es un pánfilo y cien que no son nada. Y a esto mañana lo llamarán “humanidad”, y dejarán que se pudra entre sístoles y diástoles que nadie escucha. Y vendrá otro cabrón que te traicionará por treinta monedas de plata o por un piso en el extrarradio, qué más da. Arderán ciudades. Caerán torres con infinitas lenguas. Lapidarán al débil. Todos los que asistan al juicio arrojarán la primera piedra porque es más fácil arrepentirse del daño cometido que del daño que no conseguiste cometer, y en el beso que nos den por la espalda hallaremos encanto. Vale, y todo esto, ¿para qué? Para que todas las epopeyas acaben con un tipo crucificado, un borrón en el calendario y un par de ceros en la cuenta corriente.

¿Sabes qué ocurrirá entonces, Eva?

Que vendrán a ti, a culparte y a maldecirte. Y tú les recibirás con tu sonrisa de medio lado, tu boina calada y tus pantalones desgastados. Será en ese momento, al observar cómo se derrite tu escote fulminante, se deslizan tu cremalleras y se esfuman tus inseguridades, cuando te admiren, desnuda y solícita, para comprender que no es vergüenza lo que sienten sino deseo, pasión, lujuria, hambre. Olvidarán el provecho, amarán el daño. Y volverán las monedas de plata, las crucifixiones.

El día que estuvimos a punto de morir fue el mejor día de nuestras vidas. ¿Habría valido la pena pasar por esto sin el recuerdo de aquel mordisco?

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Borges y yo

El viejo reloj de péndulo vienés expulsa un sonido acompasado para abrir las puertas del último domingo de enero, soleado pero angosto. Hasta los oídos de Borges llega el aviso. Yo pretendo atraer su atención con palabras viscosas mientras él se despereza, pero no consigo más que percibir cómo una lejana indiferencia atraviesa nuestro cuarto a toda prisa.

Llevamos unos meses en los que ya no nos soportamos. Borges y yo habitamos el mismo cuerpo desde tiempos inmemoriales y, para mi desdicha, lo seguiremos habitando hasta el final de los mismos. Intento abrir, de una jodida vez, los ojos. Pero, al conseguirlo, descubro que no es una pesadilla esta ceguera que me envuelve, y que a nada sino a la dichosa genética le debo esta tortura. Entre las sombras creo distinguir el reloj de péndulo con el que se inició este relato. Pero no es tiempo lo que busco.

Por fin percibo la figura de un viejo demacrado intentando ponerse en pie. Carraspea cuando recoge el vaso de coñac que la mujer más hermosa del mundo (en esto es en lo único que coincidimos) dejó sobre la mesa horas antes.

-¿Es que vas a seguir con ese remedio tan macabro del coñac?

No puedo saber cómo reacciona, pero sí escucho el rumor del vaso golpeando la mesa.

-Tú calla, ciego. Si pudieras ver con esta nitidez el mundo, beberías como un animal.

Pronto me suelta una charla sobre Caronte y no sé qué otros rollos mitológicos. No me interesan sus conocimientos pero sí el estado de sus sentidos, así que corto su perorata con premeditación.

-Te queda poco tiempo de vida. Olvídate ya de la literatura.

-¿Cómo olvidarme de ella si yo mismo soy puro negro sobre blanco?

Sonrío. Intento que no me embauque.

-Ya lo hemos hablado, no tienes nada que ver con la literatura. No te me pongas metafísico.

-¿Ah, no? ¿Y cómo explicas entonces esto?

De pronto, con un gesto tosco a juzgar por la manera en la que su mano se restriega contra mi cara, empiezo a percibir los colores. Las sombras ahora se convierten en figuras brillantes que cobran vida sin necesidad de moverse. Los sonidos aparecen etiquetados, y yo me abrazo a ellos como un loco que ha escapado de su locura, alegre porque ha comprobado que lo que hay fuera de ella es exactamente igual que lo que imaginó en su demencia. Distingo el reloj vienés todavía mudo, quizás, de asombro. Distingo el coñac, que ha potenciado su aroma. Sin embargo, no hay rastro de Borges.

Rápidamente intento poner en marcha la maquinaria que algunos llaman memoria. Me deslizo por donde minutos antes escapaba nuestra indiferencia, abro el cajón y extraigo la pluma y el papel. Recuerdo la última vez que tuve la oportunidad de utilizarlos de una forma tan nítida como ésta. La mañana avanza y enero duele.

Sin pausa, escribo todo lo que me ha ocurrido, dejándome llevar por la hermosura de la caligrafía nunca olvidada. Pero cuando ya terminaba, percibo la presencia de una figura que se asoma al papel sigilosamente, pretendiendo empaparse con esta tormenta realista.

Es, lógicamente, Borges.

-Borra esa horterada de “tormenta realista”- me espeta.

-Es que no es otra cosa que eso. La realidad junto a mí, sin anestesia.

-¿Y eso de abandonar la metafísica? ¿Dónde ha quedado?

Le sonrío, esta vez sí, embaucado.

Firmo el escrito y me levanto. Me noto cansado, puede que por la falta de experiencia. Él me observa desde la ventana.

-Parece que el día se nubla- me dice.

Me tumbo de nuevo sobre la cama justo en el momento en el que el reloj vuelve a entonar su estridente melodía. Con una sonrisa todavía en los labios, me duermo. Es la sonrisa de quien es consciente de lo que perderá cuando vuelva a despertarse.

Las campanadas se apagan al compás de las primeras gotas de lluvia, que ya aparecen, obedientes, sobre el asfalto.

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