La metamorfosis de Gregorio

Gregorio recorre los trescientos metros que separan su casa de la mercería que regenta con una sonrisa invisible. Pocas horas antes ha terminado de leer otra novela más de su autor fetiche: Franz Kafka.

Su obsesión por el autor nacido en la ciudad de las cien torres comenzó años atrás cuando, después de no recordaba qué centenario, las editoriales habían reeditado sus obras completas. Paseaba aquel lejano día Gregorio por Libreros cuando encontró un ejemplar de “El Proceso” que le entró primero por los ojos y después por el bolsillo. Tal fue su admiración al leer aquella espesa novela que decidió hacerse con todo el material que el orejudo praguense hubiera escrito.

Y esto era decir mucho.

Después de novelas, relatos, artículos, epístolas y demás géneros, a Gregorio tan solo le quedaba un relato para poder afirmar orgulloso que su lectura de la obra completa de Kafka había finalizado con éxito.

Por eso aquella mañana había recorrido los trescientos metros hasta su trabajo alegre y feliz, saludando a las gentes del barrio y deseando que llegara la noche para enfilar la primera página de aquel último relato.

Pasó el día entre tejidos y paños, distrayéndose a medias con el maravilloso recuerdo de la novela recién finiquitada (fantástica, como todas las de Franz) y con el atractivo enigma que se le presentaba en forma de cien últimas páginas. Cerró la tienda ansioso por llegar a casa, aunque su extrema cortesía le hizo perder varios minutos charlando de nuevo con la vecindad. Era este afecto lo que le convertía en un hombre muy querido en el barrio. Y era esta sociabilidad la que le permitía ser feliz, pues le gustaba sentirse querido.

La noche cayó sobre la ciudad y Gregorio pudo por fin sostener entre sus manos el esperado ejemplar. Se tumbó en la cama, pulsó el botón que daba vida al pequeño flexo de su mesilla y se dispuso a leer.

Y lo que leyó le resultó tan extraordinario que no hubiera dudado en afirmar que se trataba de la mejor obra que nadie hubiese escrito nunca. Por eso leyó y leyó hasta que terminó, ya de madrugada, con la última de las creaciones de Kafka y cayó rendido bajo las artes del sueño.

Cuando pocas horas después sonó el despertador, Gregorio notó rápidamente que algo había cambiado. Intentó acercar las manos a su cara pero le resultó imposible. Quiso ponerse en pie pero apenas lo logró. Sus sospechas se vieron confirmadas al observar cómo el espejo del armario le devolvía la imagen de un enorme insecto.

A pesar de ello y consciente de que su negocio subsistía seriamente amenazado por la crisis, Gregorio se colocó un traje de su difunto pero voluminoso padre y salió a la calle dispuesto a ejercer su labor diaria.

Sin embargo, aquel día nadie saludó a Gregorio. Nadie quiso detenerse a charlar un rato con su cariñoso vecino. Incluso tuvo que soportar las miradas de desprecio de algunos transeúntes. Pero, para su sorpresa, aquello no le importaba. Él era feliz siendo un insecto.

Nadie entró en la mercería. Tampoco recibió pedido alguno por teléfono. Y sobra decir que fue objeto de nuevos desprecios al recorrer sus trescientos metros de vuelta diarios.

Ya de noche se acostó recordando todo lo que le había ocurrido ese día y, lejos de angustiarse, se sintió feliz gracias a su nuevo aspecto artrópodo. Durmió a pierna suelta, a pesar de carecer de ellas.

De nuevo despertó a la mañana siguiente con cierta sensación de extrañeza. El colchón parecía más duro de lo habitual y la temperatura había bajado varios grados. Esta vez sí pudo reconocer su humana cara e incorporarse sin problemas. El habitáculo era pequeño y húmedo. Sin duda se trataba de un manicomio.

Asomó la cabeza por los barrotes justo en el momento en que el vigilante hacía la ronda.

– ¡Oiga! ¡Oiga!- el hombre prestó atención a los gritos-. ¿Por qué me han encerrado aquí?

El hombre, un tipo bigotudo, cansado y aparentemente abandonado a su próxima vejez, le observó con detenimiento. Sostenía con los dedos una colilla que arrojó al suelo no sin antes dar una última calada. Pisó el cigarro con saña y continuó su camino. Antes que doblara la esquina, Gregorio pudo percibir la voz del vigilante al contestar:

– Calla, insecto…

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