La última derrota de Aureliano Buendía

La mirada del coronel Aureliano Buendía se eleva junto a las inacabables columnas de humo que se multiplican con el paso de las horas. Son ya quince los días que llevan encerrados en el pequeño villorrio que las tropas del Gobierno sitian con notable fiereza y, sin duda, se puede ya hablar de fracaso en lo que al Golpe de Estado y a la vida se refiere.

Treinta y dos guerras civiles.

Baja la mirada, vetusto y decrépito, topándose con sus roídos zapatos. Zapatos que alguna vez resultaron cómodos pero que ahora le aprietan los tobillos en un arrebato de realismo que no le resulta nada mágico. Quiere llorar, pero le parece mucho más justo devolver la vista hacia el pueblo. Solo así contempla la destrucción de la República y de su alma, incapaces ambas de fortificar sus pies de barro.

Treinta y dos derrotas.

En un patético intento es capaz, entre la desolación, de trasladar su mente hasta Macondo. No se trata de Melquíades, del hielo ni de su numerosa familia… Macondo es soledad y es derrumbe. Quién sabe si será un suicidio. O, simplemente, repugnante nostalgia de un viejo acabado por completo.

Alguien llama a la puerta. Contesta “adelante” mientras le sorprende comprobar que queda voz tras los escombros.

– Señor, las tropas enemigas han entrado ya en el pueblo. Debe escapar- un disparo seco interrumpe al suboficial Narváez, que es quien informa del desastre a Aureliano-. Todavía estamos a tiempo. Pero no lo estaremos si nos retrasamos apenas un par de minutos.

El coronel penetra fijamente en los ojos de su subordinado. Narváez comprende.

– Hasta aquí hemos llegado… ¿verdad?- le cuestiona ahora el asustado suboficial mientras la boca de su superior le devuelve apenas una mueca desconsiderada.

De nuevo comprende. Se gira y pone pies en polvorosa. Las lágrimas sirven de poco pero sirven, se dice a sí mismo.

– ¡Espere un segundo,  Narváez!- el infeliz se detiene a una decena de metros-. Confiéseme solo una última cosa, ¿soy buena persona?

El suboficial no duda ni un solo instante.

– Por supuesto que no.

En la soledad de su despacho se recrea con el fin de los días dorados. Es entonces cuando su corazón se detiene y su mente, aprovechando el momento de debilidad, le asalta veloz. ¿Por qué? ¿Por qué fusilamientos? ¿Por qué ideologías? ¿Por qué estricnina?

A la victoria del ejército enemigo se suma ahora el triunfo de su locura. Sonríe y comprende que todas las preguntas se responden con una sola frase: “miedo a la vida”.

A sus oídos llega ya el rumor de las milicias rivales asaltando el pequeño  refugio de Aureliano Buendía.

– Sé valiente y vacía el cargador en tu pecho- se dice.

Pero desde un principio sabe que su destino no es morir como un héroe.

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