EL Lázaro del Tormes

Aquella tarde primaveral, Ofelia se siente una mujer segura  y realizada. En realidad siempre lo fue. Apenas los suspiros que de vez en cuando acuden a sus sueños le recuerdan que la vida tiene un punto, por ligero que sea, de improvisación. Mas ni siquiera la humildad que le inculcaron le prohíbe declararse especialista en no dejar que sus deseos más oscuros salgan a la luz.

Se puede afirmar categóricamente que Ofelia ha triunfado en la vida. Su reciente posgrado en una universidad de nombre impronunciable le ha catapultado hasta los puestos más altos de la empresa, su notable intelecto no le permite tener más pareja que su propio ego y exprime su tiempo dejando transcurrir las horas entre extraños libros de economía y películas en 3D que visualiza en su recién estrenado proyector cuyo coste se acerca peligrosamente a las cuatro cifras.

Sin embargo, aquella tarde la recordaría para siempre como la más feliz de su todavía breve existencia.

¿El motivo?

Un hombre ocupa un asiento junto a ella, dirigiéndole una mirada que a Ofelia le resulta inexpugnable.  No logra hacerle frente y, como si de una sacudida se tratase, trastabilla al agarrarse al asidero del vagón dejando entrever su nerviosismo. El desconocido ha captado el desliz y decide embestir.

– ¿Por qué tengo la sensación de que se siente intimidada?- pregunta con media y brillante sonrisa. Ante la falta de respuesta, el hombre se defiende-. Disculpe si así ha sido. Estoy en la ciudad de paso. Para ser exactos, nunca antes estuve en una ciudad. Por eso, quizás, no respete los códigos.

Ofelia nota como un ligero arrebato le sugiere quedarse allí sentada a pesar de la inminente apertura de puertas. Puertas que ha de cruzar si quiere llegar a tiempo a la oficina. Observa al joven. No responde al canon de hombre que imaginó como perfecto, pero el arrebato ya se ha convertido en necesidad.

– ¿Y de dónde es usted?- pregunta solícita percatándose de la poca elegancia que lucen sus palabras.

– De un pequeño pueblo de Salamanca. Creerá usted que estoy loco, pero estoy deseando salir de aquí antes de que la ciudad acabe conmigo.

– Parece un hombre con recursos, señor…

– Lázaro. Mi nombre es Lázaro- responde con orgullo-. Y si se refiere a recursos económicos, siento decir que probablemente ese bolso cueste más de lo que yo jamás tuve.

– Me refería a recursos ante la vida…- interrumpe ella, orgullosa de haber sacado del armario su bolso de nombre impronunciable.

– Eso seguro. He servido a varios amos, y desde mi primer trabajo como molinero junto al Tormes, pasando por el ciego o el clérigo, mi vida ha dependido de lo mucho que supiera optimizar los pocos recursos que me repartieron al nacer.

Ofelia vuelve a observar al joven. Ella, que a sus treinta años cree doblar en interés a los de su quinta, calcula que Lázaro no debe pasar de los veinticinco. Viste mal. Sus expectativas profesionales son nefastas. A pesar de ello, no puede dejar de admirarlo.

– ¿Y su nombre, señorita?

– Ofelia- dice volviendo a la realidad-.

– ¿Cómo la de Shakespeare?

– No sé quien es Shakespeare- contesta ella.

Después de hacer las pertinentes llamadas para cancelar un par de compromisos telefónicos que la empresa requería aquella noche, Lázaro y Ofelia suben hasta el lujoso ático recién adquirido por ella.

Al entrar, el invitado no puede evitar quedar impresionado al toparse con el pequeño cine que Ofelia tiene montado en el salón. Coronando la sala, el proyector de nombre impronunciable.

– ¿Qué es eso?- pregunta Lázaro.

– Sirve para ver películas con la mayor calidad posible.

– Supongo que, ya que no conoces a Shakespeare, esta es tu forma de escapar de la realidad.

Ella lo mira con dulzura, viendo en aquel muchacho a un joven ignorante al que le queda mucho camino por delante para acercarse mínimamente a la cultura que una mujer de su elevada condición ostenta.

Hicieron el amor aquella noche. Y Ofelia descubrió que los suspiros no son propiedad exclusiva del sueño.

Cuando despertó a la mañana siguiente, rápidamente notó que Lázaro se había marchado sin despedirse. Como todos imagináis, el pícaro había robado varias de sus pertenencias.

Pero hasta Ofelia tuvo que sorprenderse al comprobar que lo único que se había llevado era el proyector y el bolso, ambos de nombre impronunciable. No tardó en comprender que aquel muchacho también había robado la intachable moral que adquirió con tanto esfuerzo en esa universidad, cómo no, de impronunciable nombre.

Sin embargo, aquella tarde la recordaría para siempre como la más feliz de su todavía breve existencia.

¿El motivo?

Un hombre que ocupó un asiento junto ella, y que le dirigió una mirada que resultó inexpugnable.

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