La vida podría haber sido un sueño

Después de treinta años y un día (o, lo que es lo mismo, casi toda su vida), Segismundo abandona la cárcel de Soto del Real entre los silenciosos vítores que llegan desde las celdas. A pesar de haber pasado por ser un recluso que basaba el éxito de su estancia en chirona en el anonimato total, también resultaba una institución en toda la red penitenciaria del país, pues se había pateado prácticamente todos los patios de prisiones y, por tanto, su rostro había sido contemplado por todo tipo de mafiosos, ladrones, asesinos, terroristas…
 
En los últimos años había optado por no mezclarse con nadie, dedicando su tiempo fundamentalmente a leer. Aunque había ojeado en cierta ocasión que los verdaderos amigos se cultivan en la cárcel, había renunciado incluso a valores como precisamente aquel al que llamaban amistad. No obstante y a pesar de su dejadez, treinta años eran muchos años, así que una silenciosa ovación de todo el personal de la madrileña cárcel despide calurosamente al ya ex convicto.
 
La lluvia cae con fuerza. Una camisa roída, unos pantalones seis tallas más grandes que la oportuna sujetos con una cuerda a modo de cinturón y unos zapatos de suela agujereada son su único patrimonio. Sobre la acera, junto a la entrada del presidio, Segismundo comprende la verdadera gravedad del asunto que se presenta frente a él. Había pasado la totalidad de sus días conscientes entre rejas, por lo que cualquier solución que cualquier problema hubiera requerido se había sopesado desde el punto de vista de un condenado.
 
Por ejemplo, si le sorprendía la lluvia en el patio de la cárcel donde ejercitaba sus poderosos bíceps, corría a refugiarse bajo el tejado de uralita junto a las canchas. Ahora, en plena calle, por fin libre… ¿qué podía hacer para refugiarse del líquido elemento?
 
De pronto, Segismundo cae en la cuenta de que con toda probabilidad será mucho más infeliz allí fuera. Él, de apellido noble y considerado por las estrellas, ve de pronto como la losa del tiempo cae sobre su cuerpo, destrozándolo por asfixia.
 
Sin avisar acude a su mente la evocación más dolorosa que recordaba de su vida más allá de los muros: la muerte de su madre el día de su nacimiento.
 
Después llegaría el rechazo de su padre, que lo consideraba culpable de la desaparición de su amada Clorilene. Así se lo hacía saber al joven Segismundo cada mañana, recordándole la manera en la que su madre había perdido las entrañas al traerlo al mundo.
 
Cuando Segismundo se hubo cansado de soportar los desplantes de su progenitor, se decidió a abandonarlo.
 
Fue así como dio con sus huesos en una casa okupa de Moratalaz. Allí conoció a lo más parecido a un amigo que tuvo: su compañero de batallas Astolfo. Se acostumbraron a reír, pero la heroína había llegado a la ciudad y la resistencia de Segismundo no estaba como para soportar sus encantos.
 
Bajo el influjo del ‘brown sugar’ se fue acostumbrando a convivir con un nivel de degradación todavía mayor, dirigiendo poco a poco su camino hasta la cárcel. Su primer episodio de locura consistió en lanzar a un compañero por la ventana. Más tarde intentaría forzar a otra okupa, de nombre Rosaura, que se negaba a tener tratos con un yonki chalado como él. Este episodio consiguió que lo expulsaran de la comuna, dando con sus huesos en la calle.
 
La mendicidad ya no era capaz de mantener el nivel económico que exigía la analgesia que tanto amaba. El abismo era tan profundo que no le dejó ver las consecuencias que traería consigo la brutal pelea que, navaja en mano, mantuvo con su único amigo Astolfo. Este sería el fin.
 
Completamente solo, hundido en el opiáceo pozo, Segismundo esperaba tocar fondo tranquilamente, sin miedo a que el próximo jeringuillazo acabase con su vida.
 
Es en este momento cuando la cárcel se cruza en su camino. El padre de la joven a la que había forzado meses atrás se lo encontró en cualquier portal de Malasaña e intentó matarlo. Pero Segismundo, mucho más hábil con la mariposa, lo manda a la morgue de un picotazo.
 
Asesinato con ensañamiento. Veinte años a la sombra.
 
Sus primeros años en la trena no consiguen más que agravar la condena, pues entre la frustración, el mono y la rabia, el protagonista, además de serlo de nuestra historia, pasa a serlo también de una serie de altercados que le duplican la pena.
 
Su cambio de conducta coincide con un monólogo interior que lleva a cabo cierto día de otoño en la cárcel Modelo de Barcelona. Algo cambia en él y es entonces cuando pierde cualquier contacto con la sensibilidad.
 
Así pasan los años hasta que hoy, bajo la lluvia, se decide a abandonar la entrada de Soto del Real entre los escombros que abarrotan su vida.
 
– Soy libre- se repite sin creerlo.
 
Al llegar al pueblo todavía no ha decidido qué hacer con su vida. Al fondo de la plaza donde lleva horas sentado puede ver un bar. Advierte que se llama “Polonia”. Entra y comprueba que está vacío.
 
– Dígame caballero, ¿qué va a tomar?- pregunta el dueño.
 
Palpa sus bolsillos retóricamente, pues es consciente de que no tiene un euro. Se adelanta y toma asiento en la barra. En sus elucubraciones carceleras imaginaba los taburetes mucho más mullidos.
 
– Que sea un whisky, por favor.
 
Dos minutos después observa el vaso con desdén, apura el licor de un trago y recuerda por un instante eso que alguien llamó pasado pero que él prefiere llamar infierno.
 
– Disculpe, ¿el baño?
 
Con un gesto, el camarero le indica el camino de la muerte. Con la cabeza gacha decide acercarse.
 
Segismundo se quita la cuerda que le sirve de cinturón mientras se acaricia el cuello, siempre de manera suave. Resignado, entra en aquel roñoso aseo del que nunca más saldrá.
 
Lo último que piensa es: “la vida podría haber sido un sueño pero, ¿qué importa? Al fin y al cabo los sueños, sueños son”.

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