Platero es Libre

Marzo de 1958. En algún lugar de Andalucía.

El polvo apenas permite distinguir la senda por la que un escuálido coche avanza rumbo al psiquiátrico “Melancolía”. No obstante, el taxista muestra síntomas de conocer el camino a pesar del poco tránsito que parece soportar. Esto le permite comunicarse con su cliente que, desde el asiento de atrás, le escucha con la nostalgia del hijo pródigo.

-Yo no sé por qué le llaman a esto psiquiátrico- comenta el conductor con atrevida ligereza y marcado acento andaluz-  si toda la vida en el pueblo lo hemos llamado manicomio. Y menos aún comprendo ese nombre… Melancolía… pero en qué coño piensan.

Juan Ramón Jiménez esboza una sonrisa cómplice. Con los párpados a media asta, el semblante transmite felicidad. Todo aquello: la sombra de los olivos, la blanca arquitectura, el sol primaveral… todo le resulta enternecedor. Es, en una palabra, feliz. El taxi lo deja en la puerta con su dueño sonriendo por la carrera y la propina. Juan Ramón observa los vetustos muros del sanatorio alzando su cabeza con un movimiento lento y seguro. Ha perdido el miedo y ni siquiera los ojos del Caudillo pueden asustarle.

La puerta se abre y el poeta entra.

Como no podía ser de otra forma, le toca esperar en el jardín. Su rostro es conocido por el personal del Melancolía, por lo que le permiten permanecer en el jardín sin vigilancia. Bueno, ahora solo queda esperar.

El recuerdo de Zenobia ya no le agobia. Ah, amada mía. Tanto tiempo juntos y ahora yo aquí, solo, llevando a cabo esta última locura que ha de abrazarme a la muerte.

Los gritos le sacan de su ensimismamiento. Aquel lugar sigue siendo repugnante. Se atusa el traje, como si aquello le otorgase un gramo de cordura que le diferenciase del resto. Saca el reloj de su bolsillo y se da cuenta de que la aguja se arrastra con una lentitud fuera de lo normal allí dentro.

Se lleva la mano a la barba y observa.

Él es Juan Ramón Jiménez. De lejos, el poeta español más prestigioso del momento. Sus versos sirven de librillo para todo el que venga detrás. Es, prácticamente, un dios en América. Ha sido galardonado recientemente con el Premio Nobel de Literatura. Sin embargo, entre aquellos muros nadie le reconoce. Es más, le miran con la suave inferioridad del loco. Juan Ramón, el ególatra onubense, el juntapalabras triunfador… todo mentira. Pronto comprende que nunca logrará entender la inigualable lucidez de aquellos tipos que, encerrados o no, portan su etiqueta de locos con miedo.

De pronto, la puerta del edificio se abre y por ella sale un médico que, aferrándose al pomo, da paso a su ilustre paciente.

ES ÉL.

El burro Platero levanta su cabeza peluda y, a lo lejos, logra distinguir al bueno de Juan Ramón. Como un resorte sale disparado hacia él. El poeta se incorpora y lo abraza como nunca antes hubo abrazado. Con lágrimas en los ojos, se esmera en rememorar el tacto de su amado jumento.

– Platero…- logra balbucear entre lágrimas-. Platero…

Incluso los médicos, que asisten atónitos a la escena, parecen emocionarse. Solo transcurridos varios minutos consiguen deshacer el abrazo.

– Señor Jiménez, Platero es libre. Pueden marcharse.

Las puertas del psiquiátrico Melancolía se abren para dejar marchar a su ilustre recluso. El anciano y el burro siguen abrazados, llorando. Toman el camino que da a parar al mar.

Por fin, Juan Ramón Jiménez es libre.

19

Juana La Cuerda

Las puertas de la cárcel-palacio de Tordesillas se abren dejando ver el descuidado jardín que rodea la casona. Como la memoria de su entrevistada, sin duda aquel lugar permitía soñar con antiguos y resplandecientes tiempos, muy lejanos de aquella podredumbre indigna de una reina. Un tipo escuálido, quizás enfermo dada la palidez de su rostro, le hace pasar con elegantes formas.

– Vengo a entrevistar a doña Juana, la que una vez fue reina de Castilla.

– Aquí no hay ninguna reina- contesta el mayordomo.

Con lentitud cruzan por el sendero de piedra que atraviesa el jardín de cabo a rabo. La maleza apenas deja intuir lo que hay dos metros más allá, pero el joven periodista no tiene miedo a pesar del tétrico ambiente por el que se mueve. A lo lejos, distingue los aullidos con escasa nitidez, aunque sí reconoce al lobo como emisor de los mismos.

– Es duro el invierno aquí, ¿eh?

Pero el mayordomo hace caso omiso a semejante obviedad. La meseta en diciembre se hace insoportable, sobre todo cuando el sol comienza a esconderse, como era el caso. Nuestro periodista, llegado desde Cádiz años atrás, no es capaz de acostumbrarse.

Por fin entran en el ruinoso palacio. Lo primero que le llama la atención son los tapices descolgados. Sin duda, aquel lugar hace tiempo que ya está olvidado por quien en algún momento lo estimó. Quizás, se dijo, también la inquilina.

El suelo, roñoso y húmedo, amenaza con conseguir que con un desliz se parta la crisma, mas con destreza alcanza el estrecho pasillo que lleva hasta las escaleras. Es tanta la estrechez, que puede apoyarse en las paredes para no caer.

Ante la disyuntiva de elegir las escaleras que ascienden o, por el contrario, las que toman el camino del sótano, el silencioso esqueleto se decanta por las segundas. Nuestro periodista no puede dejar de pensar en lo inadecuado de la elección, pues se le antoja poco digno de una reina vivir en la parte más oscura y fría del palacio.

La luz de la vela que porta el mayordomo se detiene al llegar abajo. Una puerta, cerrada y carcomida, les detiene. Sin molestarse en llamar, extrae una llave de su chaquetón y la abre.

Lo que entonces ve nuestro joven protagonista no deja de sorprenderle a pesar de las numerosas descripciones que de tal situación le han dado. Una mujer, toda ella vestida de negro, permanece recostada en el centro de la estancia sin ni siquiera percatarse de la presencia de los dos intrusos.

– Tiene usted quince minutos para entrevistarla. No se demore.

Con rapidez, el demacrado sirviente se aleja escaleras arriba no sin antes haber cerrado de  nuevo la puerta con la misma llave. Sentirse enclaustrado allí junto a Juana, sin posibilidad de escapar, le provoca vértigo. Pero el trabajo es el trabajo, se dice, y en el periódico cuentan con este artículo.

Con sigilo se acerca a la hija de los gloriosos Reyes Católicos que, de espaldas, continúa ajena a su presencia. La rodea extrañado, algo alertado por la posibilidad de que su reacción no sea cabal. Pero lejos de eso, cuando por fin recae en que un joven la mira con interés, devuelve la vista al infinito sin pronunciar palabra alguna.

Decide sentarse junto a ella, a escasos centímetros.

– Hola, Juana. Me llamo Martín, vengo a entrevistarte.

Un gesto con el mentón le apremia a continuar.

– Déjeme decirle, señora, que este se me antoja un lugar repugnante para vivir… y más aún si quien lo hace es una hija de Isabel y de Fernando.

– Eso pregúntaselo a ellos, pues nadie más me mantiene encerrada aquí- susurró, por primera vez, Juana.

– Tu madre murió hace tiempo…- contesta correspondiendo al tuteo.

– ¿Acaso importa? Fernando el Católico no existe, es solo un ganglio de Isabel.

El silencio apremia.

– ¿Crees que tu padre te odia?

– Mi padre se odia a sí mismo. Eso es suficiente.

La rapidez con la que la entrevistada contesta le hace pensar a nuestro reportero que la idea de no traer consigo libreta ha sido equivocada. No obstante, esa facilidad de respuesta demuestra que hay inteligencia en su atormentada cabeza.

– ¿Por qué no intentas salir de aquí? Nadie vigila este lugar.

– ¿Para qué? ¿Qué hay de diferente en la corte? Por lo menos, aquí, los fantasmas los creo yo…

– Vivirías rodeada de lujos…

– ¿Llamas lujos a todos esos tesoros del Nuevo Mundo que ya han matado a más gente que todas las plagas bíblicas juntas? Prefiero que me mate el tiempo, al menos él te avisa poco a poco…

– ¿De verdad piensas en la muerte?

– Solo como algo que resulta trágico cuando no se espera… como ocurrió con Felipe…

Ante tal argumento, el entrevistador no pudo evitar sobresaltarse.

– ¿A ti también te han dicho que he perdido la cabeza por él? Ese cabrón era un mujeriego insufrible. No voy a negar que su muerte me trastornó, como ya te he dicho son las pérdidas inesperadas las que te destruyen poco a poco. Por ejemplo, antes de que tú entraras aquí soñaba con aquellas hermosas clases de danza en Toledo. Sin embargo, tu irrupción me ha privado inesperadamente de seguir evocando aquellos días. Si hubiera sabido que venías, nunca habría recordado tales memeces y ahora no te estaría maldiciendo por interrumpirlas. Como te decía, no te voy a negar que me trastocase la muerte de ese cerdo. Pero eso tiene que ver más con la vida que llevaba: siempre estuvo dirigida y marcada, por lo que cualquier contratiempo ayudaba a destruirme. Es por eso que soy feliz aquí, donde sé que esperaré tranquila mi muerte, sin que nada me sobresalte.

Nuestro protagonista no pudo evitar reflexionar ante semejante perorata.

– Consideras que estás… no sé si decirlo…

– ¿Loca?- ayudó ella.

El joven asiente con la cabeza.

– Por supuesto que no. No puede estar loco quien no piensa. Y yo aquí me limito a dejar la mente en blanco o a soñar con tiempos mejores. Esto último no es lo mismo que pensar, pues todo el mundo sabe que los sueños son inconscientes. Así que como te decía, no está mal de la cabeza quien no la utiliza.

La puerta vuelve a abrirse. La vela del mayordomo aparece para poner fin a la entrevista. Han sido menos de quince minutos, se dice, pero bastará para escribir algo que nadie lea.

Sin despedirse de Juana, el periodista abandona la sala. Quizás un oscuro sótano no es tan mal lugar para una reina. Sin despedirse tampoco del escuálido anfitrión, abandona el palacete con más pena que gloria.

Antes de que se cierren las puertas, echa una última ojeada al jardín. Cualquier tiempo pasado, se dice, fue mejor.

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Alatriste

Mi nombre es Francisco de Quevedo. No, no pido que lo conozcas. Todos los que lo han oído tienen la decencia de huir a su paso, así que me resulta incluso ventajoso este desconocimiento para poder contar esta, la historia del capitán Alatriste.

Lo conocí en algún rincón del siglo XVII, época que algunos etiquetarán erróneamente como Siglo de Oro. Digo erróneamente porque, a estas alturas de la línea cronológica y al contrario que en tiempos venideros, poco o nada tienen que ver el Oro y el Arte. Pero, en fin, nada importa eso ahora.

Decía que lo conocí ya hace muchos años. Echando cuentas, sospecho que por aquel entonces tú todavía gateabas. Ya era entonces un hombre recio, de esos que en la corte llaman “de mala muerte”. He tenido la suerte de escribir sobre la parca reiteradamente y puedo decir ya, en estas postreras horas de mi vida, que de mala nada tiene. Y menos cuando Diego, en una de sus fantásticas maniobras, es capaz de abrazarla con suave ternura.

Esto es, precisamente, lo que a la gente más asusta, su facilidad para convivir con ese esperpento que algunos temen más que a la propia vida. Déjame insistir en que yo, que ahora convivo a diario con ella, he aprendido a amarla gracias a la capacidad que él tuvo de mostrármela, contoneándose ante mí como una de esas chicas de burdel nocturno.

Mató a gente. Nadie va a negarlo ahora. Fue, en ocasiones, un hombre malo. Pero nadie lleva la maldad a cuestas. La maldad es un estado que te atrapa, como una arácnida tela, por un instante. Y es en ese instante cuando hay quien recula (cobarde como soy, inclúyeme en este pelotón) y hay quien da un paso al frente. Él pertenecía a este último grupo. Sin embargo, hay algo que lo diferencia del resto de sus integrantes. Nunca dio ese paso por nada que no fuese honor.

Y, ¿qué decir de su espada? Yo, que alguna vez intenté empuñar alguna con más pena que gloria, viví años intentando imitar el estilo desgarbado del capitán Alatriste. Mas ninguna presa anduvo tan lejos de mi capacidad como aquella.

También en ocasiones, aunque sean estas las menos, Diego tuvo la fortuna de amar. Pero, ¡ay, amigo! En este aspecto la valentía no estaba entre sus puntos fuertes, y se puede decir con tristeza que abundaron los fracasos. Pero él se levantaba, con el resurgir vigoroso del soldado, y afrontaba la vida fingiendo que nada le rompía el corazón.

Al que más amó, me atrevo a asegurar que casi tanto como a ti, fue al señorito Íñigo, el hijo de un antiguo pero noble amigo, quien, a pesar de las innumerables cuitas por las que atravesaron, vio en Alatriste poco menos que a un padre. No me cabe duda, y de esto no me doy cuenta sobre estas líneas, de que ese muchacho y, probablemente, tu recuerdo, le mantuvieron con vida en incontables ocasiones.

Sirvió a su país con destreza aunque con mala suerte. No me atrevería a definirlo como un patriota, pero sí como alguien que amó su patria. Poco le importó si contra el Turco. Poco le importó si en Flandes. Él arriesgaba su vida como quien se sabe poseedor del naipe exacto. El resto lo admiraban y, como yo, intentaban imitarlo. Ellos, al contrario que yo, no arrastraban cojera alguna, mas el resultado terminaba por ser igual de infructuoso.

No pretendo nada con esta carta que a él no le hubiera gustado que ocurriera, ademas me consta que quiso enviarte alguna parecida tiempo atrás. También sé que no la hubieras leído, rompiendo al instante su palabra y, por ende, eso que en él no se llama corazón. Espero que, por gracia divina, sí seas capaz de leer estas humildes frases para que, así, puedas conocer mejor a tu padre.

Él te amó, por mucho que tú no lo creas. Y es una de las pocas personas que conozco capaz de hacerlo esperando algo triste a cambio. Y quién me iba a decir a mí cuando lo vi por primera vez, tan desafiante y altivo, que eso que esperaba era destruirse la vida. Todo para que no aprendieras de él.

En fin, sin más me despido. En esta torre hace frío, y no están los recuerdos como para calentar el alma.

Un abrazo, querido.

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Carta de Peter Pan para Wendy

Querida Wendy,

Te escribo desde la desesperación que provocan los años perdidos. Lo sé, prometí no hacerlo. Pero, dime, ¿acaso en el mundo real alguien perdería la última oportunidad de agarrarse a la cordura?

Llevo años sin saber nada de ti. Es más, según mis cálculos, a estas alturas ya tendrías que haber muerto. Quizás esta dirección a la que escribo, Bloomsbury e incluso el propio Londres hayan sido arrasados por alguna cruel guerra de esas que, lo creerás o no, incluso echo de menos. No me importa, la esperanza de que algún día leas estas líneas me mantendrá vivo por un tiempo.

Qué razón tenía tu padre, querida Wendy. Todas estas historias de piratas y sirenas han terminado por destruirme.

¿Nunca Jamás?

Qué gran estafa. Todo camino ha de terminar en algún sitio. ¿De qué sirve ser eternamente joven si en las pupilas de los Niños Perdidos solo veo reflejado a un tipo funesto y fatigado? Me veo traicionado por mi propio ánimo, caminando en círculos por esta vida que vosotros, los de entonces, cruzáis en una línea recta pero segura.

Ahora comprendo por qué mi sombra huía despavorida, augurando el ruinoso destino que me esperaba. A pesar de tenerlo prohibido, ahora comprenderás por qué no he podido visitarte durante todos estos años: no soy capaz de pensar en nada que me recuerde lo que significa ser feliz, por tanto soy incapaz de volar.

Campanilla, Garfio, Tigrilla… ah… hermosas metáforas sin duda inventadas por mi alocada cabeza, intentando crear un mundo donde merezca la pena vivir. Sin embargo ahora hemos llegado hasta aquí. A ti te he perdido. A mí me he perdido. A menudo pienso en lo fácil que hubiera resultado dejarse engullir por el cocodrilo. Pero hasta para eso, adorada Wendy, hasta para eso hace falta un punto de madurez del que sin duda carezco.

Cuando a mi cabeza acuden tus ojos, intento mantenerme quieto en esta pasarela desde la que solo observo agua y más agua, un vasto mar que, sospecho, no tendrá reparos en destruirme dolorosamente.

Me cuentan que por Europa las cosas no andan mucho mejor. Que poco queda de la dignidad que tu padre intentó, con éxito, inculcarte. Espero que hayas sobrevivido a la epidemia de estupidez que se cierne sobre el mundo real y que mantengas la ilusión de volver a subir al barco rumbo a Nunca Jamás, incluso sabiendo que en el último momento dejarías que escapase sin ti.

Yo, mientras tanto, qué más te puedo decir. Solo esta carta consigue que no me arroje al abismo, recordándote junto a todos nuestros amigos que algún día, por remoto que parezca ahora, fueron reales.

Sin más me despido no sin antes decirte que te necesito, Wendy.

Firmado: Peter Pan.

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La vida podría haber sido un sueño

Después de treinta años y un día (o, lo que es lo mismo, casi toda su vida), Segismundo abandona la cárcel de Soto del Real entre los silenciosos vítores que llegan desde las celdas. A pesar de haber pasado por ser un recluso que basaba el éxito de su estancia en chirona en el anonimato total, también resultaba una institución en toda la red penitenciaria del país, pues se había pateado prácticamente todos los patios de prisiones y, por tanto, su rostro había sido contemplado por todo tipo de mafiosos, ladrones, asesinos, terroristas…
 
En los últimos años había optado por no mezclarse con nadie, dedicando su tiempo fundamentalmente a leer. Aunque había ojeado en cierta ocasión que los verdaderos amigos se cultivan en la cárcel, había renunciado incluso a valores como precisamente aquel al que llamaban amistad. No obstante y a pesar de su dejadez, treinta años eran muchos años, así que una silenciosa ovación de todo el personal de la madrileña cárcel despide calurosamente al ya ex convicto.
 
La lluvia cae con fuerza. Una camisa roída, unos pantalones seis tallas más grandes que la oportuna sujetos con una cuerda a modo de cinturón y unos zapatos de suela agujereada son su único patrimonio. Sobre la acera, junto a la entrada del presidio, Segismundo comprende la verdadera gravedad del asunto que se presenta frente a él. Había pasado la totalidad de sus días conscientes entre rejas, por lo que cualquier solución que cualquier problema hubiera requerido se había sopesado desde el punto de vista de un condenado.
 
Por ejemplo, si le sorprendía la lluvia en el patio de la cárcel donde ejercitaba sus poderosos bíceps, corría a refugiarse bajo el tejado de uralita junto a las canchas. Ahora, en plena calle, por fin libre… ¿qué podía hacer para refugiarse del líquido elemento?
 
De pronto, Segismundo cae en la cuenta de que con toda probabilidad será mucho más infeliz allí fuera. Él, de apellido noble y considerado por las estrellas, ve de pronto como la losa del tiempo cae sobre su cuerpo, destrozándolo por asfixia.
 
Sin avisar acude a su mente la evocación más dolorosa que recordaba de su vida más allá de los muros: la muerte de su madre el día de su nacimiento.
 
Después llegaría el rechazo de su padre, que lo consideraba culpable de la desaparición de su amada Clorilene. Así se lo hacía saber al joven Segismundo cada mañana, recordándole la manera en la que su madre había perdido las entrañas al traerlo al mundo.
 
Cuando Segismundo se hubo cansado de soportar los desplantes de su progenitor, se decidió a abandonarlo.
 
Fue así como dio con sus huesos en una casa okupa de Moratalaz. Allí conoció a lo más parecido a un amigo que tuvo: su compañero de batallas Astolfo. Se acostumbraron a reír, pero la heroína había llegado a la ciudad y la resistencia de Segismundo no estaba como para soportar sus encantos.
 
Bajo el influjo del ‘brown sugar’ se fue acostumbrando a convivir con un nivel de degradación todavía mayor, dirigiendo poco a poco su camino hasta la cárcel. Su primer episodio de locura consistió en lanzar a un compañero por la ventana. Más tarde intentaría forzar a otra okupa, de nombre Rosaura, que se negaba a tener tratos con un yonki chalado como él. Este episodio consiguió que lo expulsaran de la comuna, dando con sus huesos en la calle.
 
La mendicidad ya no era capaz de mantener el nivel económico que exigía la analgesia que tanto amaba. El abismo era tan profundo que no le dejó ver las consecuencias que traería consigo la brutal pelea que, navaja en mano, mantuvo con su único amigo Astolfo. Este sería el fin.
 
Completamente solo, hundido en el opiáceo pozo, Segismundo esperaba tocar fondo tranquilamente, sin miedo a que el próximo jeringuillazo acabase con su vida.
 
Es en este momento cuando la cárcel se cruza en su camino. El padre de la joven a la que había forzado meses atrás se lo encontró en cualquier portal de Malasaña e intentó matarlo. Pero Segismundo, mucho más hábil con la mariposa, lo manda a la morgue de un picotazo.
 
Asesinato con ensañamiento. Veinte años a la sombra.
 
Sus primeros años en la trena no consiguen más que agravar la condena, pues entre la frustración, el mono y la rabia, el protagonista, además de serlo de nuestra historia, pasa a serlo también de una serie de altercados que le duplican la pena.
 
Su cambio de conducta coincide con un monólogo interior que lleva a cabo cierto día de otoño en la cárcel Modelo de Barcelona. Algo cambia en él y es entonces cuando pierde cualquier contacto con la sensibilidad.
 
Así pasan los años hasta que hoy, bajo la lluvia, se decide a abandonar la entrada de Soto del Real entre los escombros que abarrotan su vida.
 
– Soy libre- se repite sin creerlo.
 
Al llegar al pueblo todavía no ha decidido qué hacer con su vida. Al fondo de la plaza donde lleva horas sentado puede ver un bar. Advierte que se llama “Polonia”. Entra y comprueba que está vacío.
 
– Dígame caballero, ¿qué va a tomar?- pregunta el dueño.
 
Palpa sus bolsillos retóricamente, pues es consciente de que no tiene un euro. Se adelanta y toma asiento en la barra. En sus elucubraciones carceleras imaginaba los taburetes mucho más mullidos.
 
– Que sea un whisky, por favor.
 
Dos minutos después observa el vaso con desdén, apura el licor de un trago y recuerda por un instante eso que alguien llamó pasado pero que él prefiere llamar infierno.
 
– Disculpe, ¿el baño?
 
Con un gesto, el camarero le indica el camino de la muerte. Con la cabeza gacha decide acercarse.
 
Segismundo se quita la cuerda que le sirve de cinturón mientras se acaricia el cuello, siempre de manera suave. Resignado, entra en aquel roñoso aseo del que nunca más saldrá.
 
Lo último que piensa es: “la vida podría haber sido un sueño pero, ¿qué importa? Al fin y al cabo los sueños, sueños son”.

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EL verso final de Lorca

Las puertas de la casa de la familia Rosales se abren para dar paso a tres hombres. Uno de ellos es García Lorca. Todavía en el interior, el joven poeta Luis Rosales observa cómo se llevan a su amigo. Con dolor busca la mirada de Federico, y la encuentra justo cuando van a subir al vehículo que ha de evaporarse entre las nazaríes calles que hierven a esas alturas del año. Las pupilas del de Fuente Vaqueros parecen suplicar.

“Mi corazón oprimido
siente junto a la alborada
el dolor de sus amores
y el sueño de las distancias”

El coche se aleja. Cabrón, se dice Luis, incumpliremos nuestros viejos sueños poéticos. ¿Ideales? Lo que es rojo o azul no es el ideal sino la venganza. Mientras, en el interior del coche alguien acusa al poeta: es usted espía al servicio de Moscú. Lorca asiente. Desvía la mirada por la ventanilla del coche y el primer plano le devuelve el triste retrato de una calle muerta. Cuando por fin enfoca, a lo lejos distingue su figura. Es el contraste perfecto. Un escenario digno de la Barraca. Alta. Vetusta. Sombreada. Hermosa. Es Ella.

“¡Ay, qué oscura está la Alhambra!
¿Adónde irán las manolas
mientras sufren en la umbría
el surtidor y la rosa?”

Las horas que transcurren desde que Federico es apresado hasta que el mastodonte Queipo grita: “que le den café, mucho café”, caen sobre el ánimo del Fuenterino como una losa. Ha caído en el derrumbe y los escombros se amontonan en su alma como si de un rascacielos neoyorquino se tratase.
La degeneración del 27 ha llegado hasta un edificio mal llamado Gobierno Civil. Aquellos poetas eran Andalucía. Y Andalucía, ahora, es esto. La noche ha caído y dos hombres tristes se suben a su grupa. Los integrantes de la Escuadra Negra invitan a los tres reos a salir.

“Yo.
No hay siglo nuevo ni luz reciente.
Sólo un caballo azul y una madrugada”

Arranca el coche y vuelve a verla. Ella. Siempre hermosa. Las calles huelen a olvido y a historia. Olores antagónicos que hacen que la orgullosa Granada apeste. No obstante, las recorren sin prisa, como regodeándose entre el detritus.
Por fin abandonan la ciudad. El campo abierto le recuerda que la infancia no se pierde. De pronto, observa cómo a ambos lados de la carretera se amontonan las personas para despedirse. La noche es oscura y apenas consigue distinguir los rostros, pero reconoce a Buñuel, a Dalí, a Alberti…

“Los rostros bogan impasibles
bajo el diminuto griterío de las yerbas
y en el rincón está el pechito de la rana
turbio de corazón y mandolina”

Entre Víznar y Alfacar había montado alguno de los bandos un cuartel de guerra. Al borde del barranco, las voces de los fusilados espantan a todos aquellos que habían acudido a despedir al poeta. Uno de los dos acompañantes ha empapado el pantalón.
Lo introducen en una vieja Residencia de Estudiantes que hace las veces de improvisada cárcel. Los hombres tristes se han multiplicado. Sin el amparo del campo, sin la protección del límpido cielo granadino, Lorca termina de morir.

“La dulzura tenue del anochecer,
cual negro rocío, tapizó la senda,
teniendo de inmenso dosel a la noche,
que venía grave, preñada de estrellas”

Por fin se acaba el suplicio. Durante aquellas horas en la cárcel de Víznar apenas ha comido o bebido. Solo el recuerdo de viejos pero vanguardistas versos le mantiene con vida. De nuevo monta en un coche. Lo acompañan tres hombres tristes.
Esta vez cae en la cuenta de que ahora él también es uno de ellos. El coche vuelve a la senda de Alfacar. Soy banderillero, dice uno de los tres acompañantes. Eres hombre muerto, piensa el poeta.

“Aquí quiero yo verlos. Delante de la piedra.
Delante de este cuerpo con las riendas quebradas.
Yo quiero que me enseñen dónde está la salida
para este capitán atado por la muerte”

Las rodillas sobre la cuneta lo liberan de la culpa. La tierra está caliente a pesar de que la madrugada tiñe de negro el olivar que se extiende frente a él. Expulsa sus poemas al aire y agacha la cabeza.
Oye los tres disparos. Llega a la conclusión de que lo único cierto en esta vida es la literatura.

“Mi alma tiene tristeza de la lluvia serena,
tristeza resignada de cosa irrealizable,
tengo en el horizonte un lucero encendido
y el corazón me impide que corra a contemplarte”

*Aunque, por su calidad, sobre aclararlo, todos los versos fueron escritos por Federico García Lorca.

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EL Lázaro del Tormes

Aquella tarde primaveral, Ofelia se siente una mujer segura  y realizada. En realidad siempre lo fue. Apenas los suspiros que de vez en cuando acuden a sus sueños le recuerdan que la vida tiene un punto, por ligero que sea, de improvisación. Mas ni siquiera la humildad que le inculcaron le prohíbe declararse especialista en no dejar que sus deseos más oscuros salgan a la luz.

Se puede afirmar categóricamente que Ofelia ha triunfado en la vida. Su reciente posgrado en una universidad de nombre impronunciable le ha catapultado hasta los puestos más altos de la empresa, su notable intelecto no le permite tener más pareja que su propio ego y exprime su tiempo dejando transcurrir las horas entre extraños libros de economía y películas en 3D que visualiza en su recién estrenado proyector cuyo coste se acerca peligrosamente a las cuatro cifras.

Sin embargo, aquella tarde la recordaría para siempre como la más feliz de su todavía breve existencia.

¿El motivo?

Un hombre ocupa un asiento junto a ella, dirigiéndole una mirada que a Ofelia le resulta inexpugnable.  No logra hacerle frente y, como si de una sacudida se tratase, trastabilla al agarrarse al asidero del vagón dejando entrever su nerviosismo. El desconocido ha captado el desliz y decide embestir.

– ¿Por qué tengo la sensación de que se siente intimidada?- pregunta con media y brillante sonrisa. Ante la falta de respuesta, el hombre se defiende-. Disculpe si así ha sido. Estoy en la ciudad de paso. Para ser exactos, nunca antes estuve en una ciudad. Por eso, quizás, no respete los códigos.

Ofelia nota como un ligero arrebato le sugiere quedarse allí sentada a pesar de la inminente apertura de puertas. Puertas que ha de cruzar si quiere llegar a tiempo a la oficina. Observa al joven. No responde al canon de hombre que imaginó como perfecto, pero el arrebato ya se ha convertido en necesidad.

– ¿Y de dónde es usted?- pregunta solícita percatándose de la poca elegancia que lucen sus palabras.

– De un pequeño pueblo de Salamanca. Creerá usted que estoy loco, pero estoy deseando salir de aquí antes de que la ciudad acabe conmigo.

– Parece un hombre con recursos, señor…

– Lázaro. Mi nombre es Lázaro- responde con orgullo-. Y si se refiere a recursos económicos, siento decir que probablemente ese bolso cueste más de lo que yo jamás tuve.

– Me refería a recursos ante la vida…- interrumpe ella, orgullosa de haber sacado del armario su bolso de nombre impronunciable.

– Eso seguro. He servido a varios amos, y desde mi primer trabajo como molinero junto al Tormes, pasando por el ciego o el clérigo, mi vida ha dependido de lo mucho que supiera optimizar los pocos recursos que me repartieron al nacer.

Ofelia vuelve a observar al joven. Ella, que a sus treinta años cree doblar en interés a los de su quinta, calcula que Lázaro no debe pasar de los veinticinco. Viste mal. Sus expectativas profesionales son nefastas. A pesar de ello, no puede dejar de admirarlo.

– ¿Y su nombre, señorita?

– Ofelia- dice volviendo a la realidad-.

– ¿Cómo la de Shakespeare?

– No sé quien es Shakespeare- contesta ella.

Después de hacer las pertinentes llamadas para cancelar un par de compromisos telefónicos que la empresa requería aquella noche, Lázaro y Ofelia suben hasta el lujoso ático recién adquirido por ella.

Al entrar, el invitado no puede evitar quedar impresionado al toparse con el pequeño cine que Ofelia tiene montado en el salón. Coronando la sala, el proyector de nombre impronunciable.

– ¿Qué es eso?- pregunta Lázaro.

– Sirve para ver películas con la mayor calidad posible.

– Supongo que, ya que no conoces a Shakespeare, esta es tu forma de escapar de la realidad.

Ella lo mira con dulzura, viendo en aquel muchacho a un joven ignorante al que le queda mucho camino por delante para acercarse mínimamente a la cultura que una mujer de su elevada condición ostenta.

Hicieron el amor aquella noche. Y Ofelia descubrió que los suspiros no son propiedad exclusiva del sueño.

Cuando despertó a la mañana siguiente, rápidamente notó que Lázaro se había marchado sin despedirse. Como todos imagináis, el pícaro había robado varias de sus pertenencias.

Pero hasta Ofelia tuvo que sorprenderse al comprobar que lo único que se había llevado era el proyector y el bolso, ambos de nombre impronunciable. No tardó en comprender que aquel muchacho también había robado la intachable moral que adquirió con tanto esfuerzo en esa universidad, cómo no, de impronunciable nombre.

Sin embargo, aquella tarde la recordaría para siempre como la más feliz de su todavía breve existencia.

¿El motivo?

Un hombre que ocupó un asiento junto ella, y que le dirigió una mirada que resultó inexpugnable.

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Soneto a Quevedo y Góngora

Que este humilde soneto muera a la sombra de estos dos genios:

Éranse dos hombres a mí pegados,
suspiros tristes, lágrimas cansadas,
este cuarteto no sería nada
sin su verbo azul y aterciopelado.

Sea por peje espada atravesado
aquel que no guarde en su quijada
el polvo gris de una mala cornada
(polvo será, mas polvo atravesado).

Y ande yo caliente cuando su hombría,
nublando su razón y sus modales,
afila su pluma: si dios los cría

que ellos se junten como dos zagales
que durante siglos de algarabía
enseñen a escribir a los mortales.

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La metamorfosis de Gregorio

Gregorio recorre los trescientos metros que separan su casa de la mercería que regenta con una sonrisa invisible. Pocas horas antes ha terminado de leer otra novela más de su autor fetiche: Franz Kafka.

Su obsesión por el autor nacido en la ciudad de las cien torres comenzó años atrás cuando, después de no recordaba qué centenario, las editoriales habían reeditado sus obras completas. Paseaba aquel lejano día Gregorio por Libreros cuando encontró un ejemplar de “El Proceso” que le entró primero por los ojos y después por el bolsillo. Tal fue su admiración al leer aquella espesa novela que decidió hacerse con todo el material que el orejudo praguense hubiera escrito.

Y esto era decir mucho.

Después de novelas, relatos, artículos, epístolas y demás géneros, a Gregorio tan solo le quedaba un relato para poder afirmar orgulloso que su lectura de la obra completa de Kafka había finalizado con éxito.

Por eso aquella mañana había recorrido los trescientos metros hasta su trabajo alegre y feliz, saludando a las gentes del barrio y deseando que llegara la noche para enfilar la primera página de aquel último relato.

Pasó el día entre tejidos y paños, distrayéndose a medias con el maravilloso recuerdo de la novela recién finiquitada (fantástica, como todas las de Franz) y con el atractivo enigma que se le presentaba en forma de cien últimas páginas. Cerró la tienda ansioso por llegar a casa, aunque su extrema cortesía le hizo perder varios minutos charlando de nuevo con la vecindad. Era este afecto lo que le convertía en un hombre muy querido en el barrio. Y era esta sociabilidad la que le permitía ser feliz, pues le gustaba sentirse querido.

La noche cayó sobre la ciudad y Gregorio pudo por fin sostener entre sus manos el esperado ejemplar. Se tumbó en la cama, pulsó el botón que daba vida al pequeño flexo de su mesilla y se dispuso a leer.

Y lo que leyó le resultó tan extraordinario que no hubiera dudado en afirmar que se trataba de la mejor obra que nadie hubiese escrito nunca. Por eso leyó y leyó hasta que terminó, ya de madrugada, con la última de las creaciones de Kafka y cayó rendido bajo las artes del sueño.

Cuando pocas horas después sonó el despertador, Gregorio notó rápidamente que algo había cambiado. Intentó acercar las manos a su cara pero le resultó imposible. Quiso ponerse en pie pero apenas lo logró. Sus sospechas se vieron confirmadas al observar cómo el espejo del armario le devolvía la imagen de un enorme insecto.

A pesar de ello y consciente de que su negocio subsistía seriamente amenazado por la crisis, Gregorio se colocó un traje de su difunto pero voluminoso padre y salió a la calle dispuesto a ejercer su labor diaria.

Sin embargo, aquel día nadie saludó a Gregorio. Nadie quiso detenerse a charlar un rato con su cariñoso vecino. Incluso tuvo que soportar las miradas de desprecio de algunos transeúntes. Pero, para su sorpresa, aquello no le importaba. Él era feliz siendo un insecto.

Nadie entró en la mercería. Tampoco recibió pedido alguno por teléfono. Y sobra decir que fue objeto de nuevos desprecios al recorrer sus trescientos metros de vuelta diarios.

Ya de noche se acostó recordando todo lo que le había ocurrido ese día y, lejos de angustiarse, se sintió feliz gracias a su nuevo aspecto artrópodo. Durmió a pierna suelta, a pesar de carecer de ellas.

De nuevo despertó a la mañana siguiente con cierta sensación de extrañeza. El colchón parecía más duro de lo habitual y la temperatura había bajado varios grados. Esta vez sí pudo reconocer su humana cara e incorporarse sin problemas. El habitáculo era pequeño y húmedo. Sin duda se trataba de un manicomio.

Asomó la cabeza por los barrotes justo en el momento en que el vigilante hacía la ronda.

– ¡Oiga! ¡Oiga!- el hombre prestó atención a los gritos-. ¿Por qué me han encerrado aquí?

El hombre, un tipo bigotudo, cansado y aparentemente abandonado a su próxima vejez, le observó con detenimiento. Sostenía con los dedos una colilla que arrojó al suelo no sin antes dar una última calada. Pisó el cigarro con saña y continuó su camino. Antes que doblara la esquina, Gregorio pudo percibir la voz del vigilante al contestar:

– Calla, insecto…

La última derrota de Aureliano Buendía

La mirada del coronel Aureliano Buendía se eleva junto a las inacabables columnas de humo que se multiplican con el paso de las horas. Son ya quince los días que llevan encerrados en el pequeño villorrio que las tropas del Gobierno sitian con notable fiereza y, sin duda, se puede ya hablar de fracaso en lo que al Golpe de Estado y a la vida se refiere.

Treinta y dos guerras civiles.

Baja la mirada, vetusto y decrépito, topándose con sus roídos zapatos. Zapatos que alguna vez resultaron cómodos pero que ahora le aprietan los tobillos en un arrebato de realismo que no le resulta nada mágico. Quiere llorar, pero le parece mucho más justo devolver la vista hacia el pueblo. Solo así contempla la destrucción de la República y de su alma, incapaces ambas de fortificar sus pies de barro.

Treinta y dos derrotas.

En un patético intento es capaz, entre la desolación, de trasladar su mente hasta Macondo. No se trata de Melquíades, del hielo ni de su numerosa familia… Macondo es soledad y es derrumbe. Quién sabe si será un suicidio. O, simplemente, repugnante nostalgia de un viejo acabado por completo.

Alguien llama a la puerta. Contesta “adelante” mientras le sorprende comprobar que queda voz tras los escombros.

– Señor, las tropas enemigas han entrado ya en el pueblo. Debe escapar- un disparo seco interrumpe al suboficial Narváez, que es quien informa del desastre a Aureliano-. Todavía estamos a tiempo. Pero no lo estaremos si nos retrasamos apenas un par de minutos.

El coronel penetra fijamente en los ojos de su subordinado. Narváez comprende.

– Hasta aquí hemos llegado… ¿verdad?- le cuestiona ahora el asustado suboficial mientras la boca de su superior le devuelve apenas una mueca desconsiderada.

De nuevo comprende. Se gira y pone pies en polvorosa. Las lágrimas sirven de poco pero sirven, se dice a sí mismo.

– ¡Espere un segundo,  Narváez!- el infeliz se detiene a una decena de metros-. Confiéseme solo una última cosa, ¿soy buena persona?

El suboficial no duda ni un solo instante.

– Por supuesto que no.

En la soledad de su despacho se recrea con el fin de los días dorados. Es entonces cuando su corazón se detiene y su mente, aprovechando el momento de debilidad, le asalta veloz. ¿Por qué? ¿Por qué fusilamientos? ¿Por qué ideologías? ¿Por qué estricnina?

A la victoria del ejército enemigo se suma ahora el triunfo de su locura. Sonríe y comprende que todas las preguntas se responden con una sola frase: “miedo a la vida”.

A sus oídos llega ya el rumor de las milicias rivales asaltando el pequeño  refugio de Aureliano Buendía.

– Sé valiente y vacía el cargador en tu pecho- se dice.

Pero desde un principio sabe que su destino no es morir como un héroe.