EL verso final de Lorca

Las puertas de la casa de la familia Rosales se abren para dar paso a tres hombres. Uno de ellos es García Lorca. Todavía en el interior, el joven poeta Luis Rosales observa cómo se llevan a su amigo. Con dolor busca la mirada de Federico, y la encuentra justo cuando van a subir al vehículo que ha de evaporarse entre las nazaríes calles que hierven a esas alturas del año. Las pupilas del de Fuente Vaqueros parecen suplicar.

“Mi corazón oprimido
siente junto a la alborada
el dolor de sus amores
y el sueño de las distancias”

El coche se aleja. Cabrón, se dice Luis, incumpliremos nuestros viejos sueños poéticos. ¿Ideales? Lo que es rojo o azul no es el ideal sino la venganza. Mientras, en el interior del coche alguien acusa al poeta: es usted espía al servicio de Moscú. Lorca asiente. Desvía la mirada por la ventanilla del coche y el primer plano le devuelve el triste retrato de una calle muerta. Cuando por fin enfoca, a lo lejos distingue su figura. Es el contraste perfecto. Un escenario digno de la Barraca. Alta. Vetusta. Sombreada. Hermosa. Es Ella.

“¡Ay, qué oscura está la Alhambra!
¿Adónde irán las manolas
mientras sufren en la umbría
el surtidor y la rosa?”

Las horas que transcurren desde que Federico es apresado hasta que el mastodonte Queipo grita: “que le den café, mucho café”, caen sobre el ánimo del Fuenterino como una losa. Ha caído en el derrumbe y los escombros se amontonan en su alma como si de un rascacielos neoyorquino se tratase.
La degeneración del 27 ha llegado hasta un edificio mal llamado Gobierno Civil. Aquellos poetas eran Andalucía. Y Andalucía, ahora, es esto. La noche ha caído y dos hombres tristes se suben a su grupa. Los integrantes de la Escuadra Negra invitan a los tres reos a salir.

“Yo.
No hay siglo nuevo ni luz reciente.
Sólo un caballo azul y una madrugada”

Arranca el coche y vuelve a verla. Ella. Siempre hermosa. Las calles huelen a olvido y a historia. Olores antagónicos que hacen que la orgullosa Granada apeste. No obstante, las recorren sin prisa, como regodeándose entre el detritus.
Por fin abandonan la ciudad. El campo abierto le recuerda que la infancia no se pierde. De pronto, observa cómo a ambos lados de la carretera se amontonan las personas para despedirse. La noche es oscura y apenas consigue distinguir los rostros, pero reconoce a Buñuel, a Dalí, a Alberti…

“Los rostros bogan impasibles
bajo el diminuto griterío de las yerbas
y en el rincón está el pechito de la rana
turbio de corazón y mandolina”

Entre Víznar y Alfacar había montado alguno de los bandos un cuartel de guerra. Al borde del barranco, las voces de los fusilados espantan a todos aquellos que habían acudido a despedir al poeta. Uno de los dos acompañantes ha empapado el pantalón.
Lo introducen en una vieja Residencia de Estudiantes que hace las veces de improvisada cárcel. Los hombres tristes se han multiplicado. Sin el amparo del campo, sin la protección del límpido cielo granadino, Lorca termina de morir.

“La dulzura tenue del anochecer,
cual negro rocío, tapizó la senda,
teniendo de inmenso dosel a la noche,
que venía grave, preñada de estrellas”

Por fin se acaba el suplicio. Durante aquellas horas en la cárcel de Víznar apenas ha comido o bebido. Solo el recuerdo de viejos pero vanguardistas versos le mantiene con vida. De nuevo monta en un coche. Lo acompañan tres hombres tristes.
Esta vez cae en la cuenta de que ahora él también es uno de ellos. El coche vuelve a la senda de Alfacar. Soy banderillero, dice uno de los tres acompañantes. Eres hombre muerto, piensa el poeta.

“Aquí quiero yo verlos. Delante de la piedra.
Delante de este cuerpo con las riendas quebradas.
Yo quiero que me enseñen dónde está la salida
para este capitán atado por la muerte”

Las rodillas sobre la cuneta lo liberan de la culpa. La tierra está caliente a pesar de que la madrugada tiñe de negro el olivar que se extiende frente a él. Expulsa sus poemas al aire y agacha la cabeza.
Oye los tres disparos. Llega a la conclusión de que lo único cierto en esta vida es la literatura.

“Mi alma tiene tristeza de la lluvia serena,
tristeza resignada de cosa irrealizable,
tengo en el horizonte un lucero encendido
y el corazón me impide que corra a contemplarte”

*Aunque, por su calidad, sobre aclararlo, todos los versos fueron escritos por Federico García Lorca.

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EL Lázaro del Tormes

Aquella tarde primaveral, Ofelia se siente una mujer segura  y realizada. En realidad siempre lo fue. Apenas los suspiros que de vez en cuando acuden a sus sueños le recuerdan que la vida tiene un punto, por ligero que sea, de improvisación. Mas ni siquiera la humildad que le inculcaron le prohíbe declararse especialista en no dejar que sus deseos más oscuros salgan a la luz.

Se puede afirmar categóricamente que Ofelia ha triunfado en la vida. Su reciente posgrado en una universidad de nombre impronunciable le ha catapultado hasta los puestos más altos de la empresa, su notable intelecto no le permite tener más pareja que su propio ego y exprime su tiempo dejando transcurrir las horas entre extraños libros de economía y películas en 3D que visualiza en su recién estrenado proyector cuyo coste se acerca peligrosamente a las cuatro cifras.

Sin embargo, aquella tarde la recordaría para siempre como la más feliz de su todavía breve existencia.

¿El motivo?

Un hombre ocupa un asiento junto a ella, dirigiéndole una mirada que a Ofelia le resulta inexpugnable.  No logra hacerle frente y, como si de una sacudida se tratase, trastabilla al agarrarse al asidero del vagón dejando entrever su nerviosismo. El desconocido ha captado el desliz y decide embestir.

– ¿Por qué tengo la sensación de que se siente intimidada?- pregunta con media y brillante sonrisa. Ante la falta de respuesta, el hombre se defiende-. Disculpe si así ha sido. Estoy en la ciudad de paso. Para ser exactos, nunca antes estuve en una ciudad. Por eso, quizás, no respete los códigos.

Ofelia nota como un ligero arrebato le sugiere quedarse allí sentada a pesar de la inminente apertura de puertas. Puertas que ha de cruzar si quiere llegar a tiempo a la oficina. Observa al joven. No responde al canon de hombre que imaginó como perfecto, pero el arrebato ya se ha convertido en necesidad.

– ¿Y de dónde es usted?- pregunta solícita percatándose de la poca elegancia que lucen sus palabras.

– De un pequeño pueblo de Salamanca. Creerá usted que estoy loco, pero estoy deseando salir de aquí antes de que la ciudad acabe conmigo.

– Parece un hombre con recursos, señor…

– Lázaro. Mi nombre es Lázaro- responde con orgullo-. Y si se refiere a recursos económicos, siento decir que probablemente ese bolso cueste más de lo que yo jamás tuve.

– Me refería a recursos ante la vida…- interrumpe ella, orgullosa de haber sacado del armario su bolso de nombre impronunciable.

– Eso seguro. He servido a varios amos, y desde mi primer trabajo como molinero junto al Tormes, pasando por el ciego o el clérigo, mi vida ha dependido de lo mucho que supiera optimizar los pocos recursos que me repartieron al nacer.

Ofelia vuelve a observar al joven. Ella, que a sus treinta años cree doblar en interés a los de su quinta, calcula que Lázaro no debe pasar de los veinticinco. Viste mal. Sus expectativas profesionales son nefastas. A pesar de ello, no puede dejar de admirarlo.

– ¿Y su nombre, señorita?

– Ofelia- dice volviendo a la realidad-.

– ¿Cómo la de Shakespeare?

– No sé quien es Shakespeare- contesta ella.

Después de hacer las pertinentes llamadas para cancelar un par de compromisos telefónicos que la empresa requería aquella noche, Lázaro y Ofelia suben hasta el lujoso ático recién adquirido por ella.

Al entrar, el invitado no puede evitar quedar impresionado al toparse con el pequeño cine que Ofelia tiene montado en el salón. Coronando la sala, el proyector de nombre impronunciable.

– ¿Qué es eso?- pregunta Lázaro.

– Sirve para ver películas con la mayor calidad posible.

– Supongo que, ya que no conoces a Shakespeare, esta es tu forma de escapar de la realidad.

Ella lo mira con dulzura, viendo en aquel muchacho a un joven ignorante al que le queda mucho camino por delante para acercarse mínimamente a la cultura que una mujer de su elevada condición ostenta.

Hicieron el amor aquella noche. Y Ofelia descubrió que los suspiros no son propiedad exclusiva del sueño.

Cuando despertó a la mañana siguiente, rápidamente notó que Lázaro se había marchado sin despedirse. Como todos imagináis, el pícaro había robado varias de sus pertenencias.

Pero hasta Ofelia tuvo que sorprenderse al comprobar que lo único que se había llevado era el proyector y el bolso, ambos de nombre impronunciable. No tardó en comprender que aquel muchacho también había robado la intachable moral que adquirió con tanto esfuerzo en esa universidad, cómo no, de impronunciable nombre.

Sin embargo, aquella tarde la recordaría para siempre como la más feliz de su todavía breve existencia.

¿El motivo?

Un hombre que ocupó un asiento junto ella, y que le dirigió una mirada que resultó inexpugnable.

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Soneto a Quevedo y Góngora

Que este humilde soneto muera a la sombra de estos dos genios:

Éranse dos hombres a mí pegados,
suspiros tristes, lágrimas cansadas,
este cuarteto no sería nada
sin su verbo azul y aterciopelado.

Sea por peje espada atravesado
aquel que no guarde en su quijada
el polvo gris de una mala cornada
(polvo será, mas polvo atravesado).

Y ande yo caliente cuando su hombría,
nublando su razón y sus modales,
afila su pluma: si dios los cría

que ellos se junten como dos zagales
que durante siglos de algarabía
enseñen a escribir a los mortales.

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La metamorfosis de Gregorio

Gregorio recorre los trescientos metros que separan su casa de la mercería que regenta con una sonrisa invisible. Pocas horas antes ha terminado de leer otra novela más de su autor fetiche: Franz Kafka.

Su obsesión por el autor nacido en la ciudad de las cien torres comenzó años atrás cuando, después de no recordaba qué centenario, las editoriales habían reeditado sus obras completas. Paseaba aquel lejano día Gregorio por Libreros cuando encontró un ejemplar de “El Proceso” que le entró primero por los ojos y después por el bolsillo. Tal fue su admiración al leer aquella espesa novela que decidió hacerse con todo el material que el orejudo praguense hubiera escrito.

Y esto era decir mucho.

Después de novelas, relatos, artículos, epístolas y demás géneros, a Gregorio tan solo le quedaba un relato para poder afirmar orgulloso que su lectura de la obra completa de Kafka había finalizado con éxito.

Por eso aquella mañana había recorrido los trescientos metros hasta su trabajo alegre y feliz, saludando a las gentes del barrio y deseando que llegara la noche para enfilar la primera página de aquel último relato.

Pasó el día entre tejidos y paños, distrayéndose a medias con el maravilloso recuerdo de la novela recién finiquitada (fantástica, como todas las de Franz) y con el atractivo enigma que se le presentaba en forma de cien últimas páginas. Cerró la tienda ansioso por llegar a casa, aunque su extrema cortesía le hizo perder varios minutos charlando de nuevo con la vecindad. Era este afecto lo que le convertía en un hombre muy querido en el barrio. Y era esta sociabilidad la que le permitía ser feliz, pues le gustaba sentirse querido.

La noche cayó sobre la ciudad y Gregorio pudo por fin sostener entre sus manos el esperado ejemplar. Se tumbó en la cama, pulsó el botón que daba vida al pequeño flexo de su mesilla y se dispuso a leer.

Y lo que leyó le resultó tan extraordinario que no hubiera dudado en afirmar que se trataba de la mejor obra que nadie hubiese escrito nunca. Por eso leyó y leyó hasta que terminó, ya de madrugada, con la última de las creaciones de Kafka y cayó rendido bajo las artes del sueño.

Cuando pocas horas después sonó el despertador, Gregorio notó rápidamente que algo había cambiado. Intentó acercar las manos a su cara pero le resultó imposible. Quiso ponerse en pie pero apenas lo logró. Sus sospechas se vieron confirmadas al observar cómo el espejo del armario le devolvía la imagen de un enorme insecto.

A pesar de ello y consciente de que su negocio subsistía seriamente amenazado por la crisis, Gregorio se colocó un traje de su difunto pero voluminoso padre y salió a la calle dispuesto a ejercer su labor diaria.

Sin embargo, aquel día nadie saludó a Gregorio. Nadie quiso detenerse a charlar un rato con su cariñoso vecino. Incluso tuvo que soportar las miradas de desprecio de algunos transeúntes. Pero, para su sorpresa, aquello no le importaba. Él era feliz siendo un insecto.

Nadie entró en la mercería. Tampoco recibió pedido alguno por teléfono. Y sobra decir que fue objeto de nuevos desprecios al recorrer sus trescientos metros de vuelta diarios.

Ya de noche se acostó recordando todo lo que le había ocurrido ese día y, lejos de angustiarse, se sintió feliz gracias a su nuevo aspecto artrópodo. Durmió a pierna suelta, a pesar de carecer de ellas.

De nuevo despertó a la mañana siguiente con cierta sensación de extrañeza. El colchón parecía más duro de lo habitual y la temperatura había bajado varios grados. Esta vez sí pudo reconocer su humana cara e incorporarse sin problemas. El habitáculo era pequeño y húmedo. Sin duda se trataba de un manicomio.

Asomó la cabeza por los barrotes justo en el momento en que el vigilante hacía la ronda.

– ¡Oiga! ¡Oiga!- el hombre prestó atención a los gritos-. ¿Por qué me han encerrado aquí?

El hombre, un tipo bigotudo, cansado y aparentemente abandonado a su próxima vejez, le observó con detenimiento. Sostenía con los dedos una colilla que arrojó al suelo no sin antes dar una última calada. Pisó el cigarro con saña y continuó su camino. Antes que doblara la esquina, Gregorio pudo percibir la voz del vigilante al contestar:

– Calla, insecto…

La última derrota de Aureliano Buendía

La mirada del coronel Aureliano Buendía se eleva junto a las inacabables columnas de humo que se multiplican con el paso de las horas. Son ya quince los días que llevan encerrados en el pequeño villorrio que las tropas del Gobierno sitian con notable fiereza y, sin duda, se puede ya hablar de fracaso en lo que al Golpe de Estado y a la vida se refiere.

Treinta y dos guerras civiles.

Baja la mirada, vetusto y decrépito, topándose con sus roídos zapatos. Zapatos que alguna vez resultaron cómodos pero que ahora le aprietan los tobillos en un arrebato de realismo que no le resulta nada mágico. Quiere llorar, pero le parece mucho más justo devolver la vista hacia el pueblo. Solo así contempla la destrucción de la República y de su alma, incapaces ambas de fortificar sus pies de barro.

Treinta y dos derrotas.

En un patético intento es capaz, entre la desolación, de trasladar su mente hasta Macondo. No se trata de Melquíades, del hielo ni de su numerosa familia… Macondo es soledad y es derrumbe. Quién sabe si será un suicidio. O, simplemente, repugnante nostalgia de un viejo acabado por completo.

Alguien llama a la puerta. Contesta “adelante” mientras le sorprende comprobar que queda voz tras los escombros.

– Señor, las tropas enemigas han entrado ya en el pueblo. Debe escapar- un disparo seco interrumpe al suboficial Narváez, que es quien informa del desastre a Aureliano-. Todavía estamos a tiempo. Pero no lo estaremos si nos retrasamos apenas un par de minutos.

El coronel penetra fijamente en los ojos de su subordinado. Narváez comprende.

– Hasta aquí hemos llegado… ¿verdad?- le cuestiona ahora el asustado suboficial mientras la boca de su superior le devuelve apenas una mueca desconsiderada.

De nuevo comprende. Se gira y pone pies en polvorosa. Las lágrimas sirven de poco pero sirven, se dice a sí mismo.

– ¡Espere un segundo,  Narváez!- el infeliz se detiene a una decena de metros-. Confiéseme solo una última cosa, ¿soy buena persona?

El suboficial no duda ni un solo instante.

– Por supuesto que no.

En la soledad de su despacho se recrea con el fin de los días dorados. Es entonces cuando su corazón se detiene y su mente, aprovechando el momento de debilidad, le asalta veloz. ¿Por qué? ¿Por qué fusilamientos? ¿Por qué ideologías? ¿Por qué estricnina?

A la victoria del ejército enemigo se suma ahora el triunfo de su locura. Sonríe y comprende que todas las preguntas se responden con una sola frase: “miedo a la vida”.

A sus oídos llega ya el rumor de las milicias rivales asaltando el pequeño  refugio de Aureliano Buendía.

– Sé valiente y vacía el cargador en tu pecho- se dice.

Pero desde un principio sabe que su destino no es morir como un héroe.

Diálogo de Caronte y Lope de Vega

La espesura de la niebla apenas le permite a Lope distinguir el rostro del barquero que comanda la barcaza que ha de cruzar el río Estigia con su alma a cuestas. Lleva horas dormido y la resaca todavía apelmaza su ánimo.

CARONTE: Ya era hora de que despertaras…

LOPE: ¿Quién coño eres?

CARONTE: Haber leído la Divina Comedia… pero ahora dime tú. Te veo muy subidito y, siendo ya sacerdote, ¿no crees que deberías cuidar tus palabras?

LOPE: Calla. No me des el viaje, anda…

Pasan diez minutos.

CARONTE: ¿Se puede saber qué demonios te pasa? Has paseado por la orilla del río muchas veces y siempre lo has hecho alegre y eufórico… Ahora que por fin lo cruzas, ¿de verdad te vienes abajo?

LOPE: No es eso, Carón…

CARONTE: Ya entiendo… me has reconocido. ¿Acaso te asusta el infierno?

LOPE: Lo llevo esperando mucho tiempo. De miedo nada… ¿me tomas por un Góngora cualquiera? Déjame tranquilo.

CARONTE: Está bien. Ya me callo.

Pasan diez minutos.

LOPE: ¿De verdad quieres saberlo?

CARONTE: Estamos a punto de llegar. Pero, si eso te alivia, adelante.

LOPE: Verás. Desde aquí, observando el pasado, me siento capaz de afirmar que el recurso del amor me ha destruido la vida. Pero ahora eso importa poco. Como bien sabes, he sido el abanderado de un teatro que no tardarán en destruir, con más de mil obras que no tardarán en profanar gracias a ese yugo que llamarán televisión; me han piropeado con horteradas como “Fénix de los ingenios” o “Monstruo de la naturaleza”; he formado parte de la Gran Armada; he amado a “Filis”, a “Belisa”, a “Camila Lucinda”, a “Marcia Leonarda”; no puedo ni siquiera contar los hijos, legítimos e ilegítimos, que he engendrado… y, cuando parece que podría llegar a la conclusión de que he sido un afortunado, me doy cuenta sin embargo de que los únicos que han sido felices en medio de toda esta maraña han sido los personajes de mis novelas.

CARONTE: Te recuerdo que también has matado a cientos de protagonistas en tus numerosas obras…

LOPE: Eso tiene fácil explicación. He perseguido la autodestrucción desde la primera vez que vi la luz.

CARONTE: Y, ¿qué hay de aquel “esto es amor, quien lo probó lo sabe”?

LOPE: Esa frase es cierta: nadie ha probado tal sandez, luego nadie sabe qué es. Hay quien se refugia en ese recurso para sobrevivir. Es aquí donde volvemos al principio de nuestro diálogo: en mi caso, el recurso del amor me ha devastado.

CARONTE: Es tiempo de derrota, amigo Lope.

LOPE: Veo que lo comprendes. Así que rema, rema con fuerza. No tengo ganas de seguir hablando.

La barcaza comandada por Caronte se pierde entre las brumas, cercana ya a la orilla. La mirada de Lope de Vega se pierde en el horizonte, consciente de que nunca hubo en el mundo palabras tan eficaces ni oradores tan elocuentes como las lágrimas.

El espejo de Larra

Madrid. 1837. Se trata de no perder la dignidad. O lo que quede de ella.

¿Afrancesado? España se hunde y yo con ella. ¿Ilustre obra? Producción escasa y miedo. He aquí que aún me queda el tupé y, quizás, una perilla a la que asoman las hebras de plata como la escarcha sobre mis recuerdos. Ahora que me doy cuenta, no. La perilla tampoco.

Ah… París. Burdeos. Hermosos años.

Dolores tiene que estar al llegar. El azar cae como una losa sobre mi alma ahora que la poesía es insignificante. En fin, qué sé yo. Constituciones, Fernandos séptimos, Esparteros, la Bestia y la Bella… no puedo más. ¿El periodismo? ¿Qué puedo yo pedirle a tan ingrato oficio? Algún día pagarás por esto.

Te amé, Josefa. Tanto como amé la vida. Pero, querida, la calle es ancha y los tejados altos. Despídete de los críos.

Ya se escuchan los pasos de Dolores al otro lado de la escalera. Tengo que explicarme. Tengo que justificarme. Venga, Mariano José, haz algo o nos espera el abismo. Pero escucha, escucha el rumor. Hermoso caminar. Quiero seguirte, pero algo me sujeta y no es la vida.

Me río yo del trienio liberal. Me río yo de los 100.000 hijos de su puta madre. No sé si viene sola o lo que oigo son mis demonios. Oh, destino. Desamortízame y hazlo rápido. Se abre la puerta. Es ella. Es un jodido ángel. Di algo, rápido. Venga. Macías. El Doliente. ¿Hay alguien ahí?

Santa Clara.

-Todo se termina, Mariano. Me largo. Pero no olvides amarme.

El sonido de la puerta también es hermoso. Casi tanto como el de sus pasos, todavía recientes. ¿Es este espejo el mensajero de Dios? Qué importa. La poesía muere y por mi perilla asoma la nada.

El revólver, empolvado y radiante. Como el poema. Pero… sí, es este el más hermoso de los sonidos. El estallido de la muerte. El fin de los días.

“Dichoso el hombre que ha encontrado la sabiduría”.